Una caricia en el pelo es imposible tirarla

Por Elena Gómez de Valle

La primera novela de la escritora húngara Agota Kristof, El gran cuaderno, fue editada en 1986 y forma parte de la trilogía Claus y Lucas (Libros del Asteroide, 2019), que incluye también los libros La Prueba y La tercera mentira. El gran cuaderno, escrito originalmente en francés, se tradujo a más de treinta idiomas. Al húngaro, la lengua materna de la autora, hasta después de la caída del muro de Berlín.

Por este libro, la autora recibió el premio europeo a la literatura francesa. Ambientada durante la segunda guerra, dos gemelos llegan a vivir a casa de su abuela materna. Sin supervisión y en un hogar donde predomina la omisión de cuidados, los chicos son testigos de conductas imprudentes de los adultos con los que conviven. De ellos aprenden pautas de comportamiento. La frialdad e indiferencia se van instalando en los niños hasta que, de hacer travesuras ingenuas, pasan a cometer crímenes y robos sin sentir culpa. Se van quedando sin sentimientos ni apegos con ejercicios autoimpuestos que ellos inventan: endurecimiento del cuerpo y del espíritu, mendicidad, ceguera, sordera, ayuno, y crueldad.

La forma en que hablan los hermanos, sus respuestas —a veces ingenuas y otras indiferentes —así como sus acciones y diálogos, logran que se vuelvan entrañables. Los niños se quedan deambulando en nuestra mente, cuestionándonos la vida durante la guerra.

Un texto inhóspito en el que los chicos se entrenan para no tener miedo. Crean mecanismos de sobrevivencia ante el abandono de los padres y el maltrato sistemático de la abuela. Esta forma de afrontar las circunstancias cotidianas y sus relaciones familiares fallidas poco a poco los orillan a acercarse a una locura sutil que pasa inadvertida. Los muchachos se despojan del sentimentalismo, se niegan a verse y a ser vistos como víctimas. En esta novela, los adultos los “adultizan”. El estilo distante da una gran potencia a la historia contada en primera persona del plural, en la voz coral de ambos gemelos.

El uso de diálogos puros de palabras implacables, precisas y brillantes mantiene la trama en constante avance. El texto tiene un estilo crudo y directo. No hay espacio para la empatía ni la vulnerabilidad. Se permea la dureza vivida en el exilio durante la guerra, así como la problemática real para resolver las circunstancias cotidianas de escasez de alimentos y de abandono.

Los gemelos son personajes redondos construidos a través de su lenguaje, gestos y acciones. La autora, a través del drama con tintes teatrales, deleita en su narración. Llega un momento en la lectura de la novela en que lo único que quiere el lector es adentrarse en la historia y abrazarlos en un cálido y largo abrazo.

Agota va hablando, en la voz de los niños, sobre las personas, paisajes, cosas y lugares que forman parte de la atmósfera de la crisis durante la guerra. En algunos momentos los personajes se miran a sí mismos, juegan con sus emociones, se ponen límites y reglas a seguir: se vuelven indolentes entre ellos. Como cuando sucede una explosión en el jardín y muere su madre. Ellos cavan un hoyo, ponen una manta en el fondo, luego a su madre y la bebé y las entierran. La prima les pregunta que si ha pasado algo y ellos responden sin inmutarse:

—Sí, un obús ha hecho un agujero en el jardín.

Uno de los momentos más emotivos sucede cuando, al ejercitarse en la mendicidad se visten de harapos y se sientan en la calle a esperar. Pasa una mujer que les dice:

—Pobres pequeños. No tengo nada que daros.

Y les acaricia el pelo. Ellos le dan las gracias.

Una mujer les da una manzana. Otra una gallera. Una más les cuestiona:

—¿No os da vergüenza mendigar? Venid a mi casa, tengo trabajos fáciles para vosotros…

—No queremos trabajar para usted, señora. No nos apetece comer su sopa ni su pan. No tenemos hambre.

—¿Y entonces por qué mendigáis?

Para saber qué se siente y para observar la reacción de las personas.

—¡Golfillos asquerosos! les grita.

Y cuando regresan a casa, tiran la manzana, las galletas y lo que recibieron como limosna.

Y de manera cruda, en una vuelta de tuerca inesperada, Claus y Lucas dicen: La caricia en el pelo es imposible tirarla.

La manera en que Kristof aborda las emociones humanas penetra hasta la médula del lector, dejándolo en total estado de indefensión.

Los gemelos permanecen casi toda la novela juntos. Al final de la historia se separan para siempre. Deciden utilizar a su padre como carnada para las minas explosivas sembradas del otro lado de la cerca de alambre. Cuando el padre cruza y estas explotan, uno de los gemelos cruza la alambrada pasando por encima del cuerpo.

Un dato curioso sobre Agota Kristof es que decía que no le interesaba escribir literatura. Su intención fue siempre dejar sólo las palabras precisas, cortas y afiladas que relumbraran en cada historia de esta novela. La autora, por demás exigente consigo misma, se negó a escribir más porque pensaba que si no creaba algo mejor no tenía caso intentarlo.

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