Un desliz a la derecha

Por Aida Sifuentes 

Me voy a casar con un hombre que conocí por Tinder. He pensado en muchas formas de explicarlo, pero la verdad es que lo más honesto es lo más sencillo. Así que eso es todo: me casaré con un hombre que conocí en una aplicación de citas.

Lo que inició como un juego para pasar el rato conociendo personas durante mis años de universitaria saltillense, escaló hasta este punto donde estoy frente a un hombre arrodillado ante mí, que sostiene una cajita con diamantes. 

Parece muy lejana esa época donde ser millennial era el sinónimo de la juventud y no el objeto de las burlas en TikTok, y donde yo pretendía usar Tinder para descubrir el secreto de las relaciones interpersonales y hacer un libro de aquellas aventuras. Pero todo salió mal y sólo conseguí 200 páginas reescritas una y otra de vez, de historias que nunca me convencieron del todo y que he preferido abandonar en una carpeta digital antes de enfrentarme a la vergonzosa faena de sacarlas a la luz. Eso, y un futuro marido, por supuesto. 

Manuel, 28, 15 km. Ingeniero en automatización. Cuatro fotografías: una trabajando con tornos, un torso semidesnudo y musculoso, una en Japón, una selfie promedio. “Busco una muchacha bonita para tratar como princesa”. 

Dudé antes de deslizar. Ahora que lo pienso a la distancia, Manuel ha sido el primer hombre guapo con el que he salido. No sé si se deba a un complejo de proyección narcisista donde salir con hombres feos me hacía sentir más guapa y poderosa o si era una simple manía. Un tic nervioso. Un reto personal. Vaya a saber el diablo, porque yo no he ido a terapia (ni iré). El caso es que mientras más evidente fuera el defecto, más irresistible me parecía el susodicho: pésima ortografía, un bigote horrendo, un cabello grasoso o el extremo de una calvicie notoria. Y de pronto, encuentro este perfil que parece escapar de todo mi alcance. Pero el que no arriesga no gana, venga. 

Swipe a la derecha y ahí estaba el match. “¿Será este mi ser amado?”, reza un meme que ronda por Internet, y sólo habría una manera de descubrirlo: ese mismo día fuimos a nuestra primera cita. 

Empezamos sobre la mentira. Me dijo que era mexicano, porque él pensó que si hablaba sobre su nacionalidad americana lo rechazaría de inmediato. Pero es muy fácil atrapar a un chicano que mal habla el español y usa expresiones como “factoría” para referirse a fábrica o “deleitar” en lugar de retraso. Aunque, según la Constitución, también son mexicanos los hijos de padres mexicanos sin importar en que parte del mundo hayan nacido, así que no vale la pena entrar en minucias legales. 

Una vez descubierto, me contó que había servido para los Marine Corps y que por eso había visitado Japón, Rusia, Alemania, Egipto y muchos más países, porque -y cito textualmente- “es la labor del ejército de los Estados Unidos mantener la paz en el mundo”. Así que ahí estaba. El gran defecto de este hombre perfecto. ¿Podría funcionar una relación sana entre un burgués imperialista y una hippie proletaria? 

Han pasado tres años desde entonces. Viajes, risas, complicidad. Aventuras del tercer mundo como el desabasto de gasolina en la época de AMLO vs los huachicoleros y una crisis sanitaria que paralizó los viajes internacionales. Diecinueve meses de ausencia. Largos silencios. Video llamadas de consolación. Y un reencuentro intempestivo. Todo sucede muy rápido. ¿O muy lento? 

Él coloca el anillo en mi anular. Me recorre un sudor por las manos y siento como si el estómago se me fuera a salir entero por la boca. Quisiera llorar del nervio, pero hay una fotógrafa que dispara flashazos cada tres segundos y me obliga a mantener la cordura. Lo abrazo y un terror profundo me invade. Quisiera pensar que esto es natural y que todas sienten lo mismo, pero jamás he leído la crónica de una propuesta de matrimonio y no estoy segura de cómo debería ser. Busco, dentro de mí, el chispazo de felicidad que debería imperar bajo esta tormenta de sentimientos. Soy feliz, no tengo dudas, pero aun así es difícil procesarlo. 

Este es el hombre de mis sueños. Pero los sueños, sueños son, ¿no? Y todo esto es real. De verdad está pasando: un anillo, una cena elegante, un ramo gigante de flores. Y yo jamás habría soñado algo así. 

I said yes, dirían los gringos. Aquí se acaba todo. O aquí empieza todo, mejor dicho. Me voy a casar con alguien que conocí en Internet. Que lo que ha unido un algoritmo de inteligencia artificial, no lo separe el hombre. 

1 comentario sobre “Un desliz a la derecha

  1. Jose de Luna Abrego Responder

    Simplemente fantastico, el amor es así, aventurado e inocente, Dios quiera se realicen todas tus espectativas y sobre todas las cosas, que seas muy feliz, un afectuoso abrazo.

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