Trunca Reptilium (La resolución del ofidio)

Por Caleb Solórzano

Creció en el intestino delgado de policloruro de vinilo que atraviesa paredes hacia otros planos, otras realidades. Se nutrió con trozos de comida desprendidos de los dientes con un cepillo, sangre de gingivitis, placa dentobacteriana y pasta Colgate Total. El tramo del drenaje que habita es incómodo dadas las proporciones que alcanzó. El agua espumosa de las mañanas le impregna un aroma a flúor, menta y halitosis. Los vellos afilados de una barba recién cortada se le encajan entre las escamas, lo incomodan. Su cuerpo se hincha. El corazón palpita cerca de su cabeza. Su cuerpo detiene el flujo. El ofidio se deja estar cuando el dolor disminuye. Contrae su alargado organismo y permite el flujo.

Desplazarse era sencillo. Podía reptar de ida y dar vuelta pero sus dimensiones reclaman espacio. Era como reptar dentro de él mismo. Como arrastrarse en sus propias entrañas. Sitiado en su epidermis como el verso. Imposible girar ya. La flexibilidad de su carne no sirve de nada. Cubriría sus pupilas verticales con párpados si los tuviera para dejar de ver aquella y ver una noche más personal. No entiende de puntos cardinales. Mira hacia el lado oscuro. El punto luminoso detrás; arroja agua, comida, astillas dentales y saliva que recauda con su lengua viperina. Se deshace de los residuos mediante su propia cloaca.

Ruido de cañerías, siseos, hedores de distintos matices se concentran para formar un solo hedor en lo más profundo. No sabe a dónde conduce la horizontalidad del fondo. La única opción por más que se aferre a su parasitaria existencia.

El sarro pestilente de su intestino se le embarra a las escamas, facilita su desplazamiento. Entre el rumor del agua, siente las succiones del vacío que termina siempre por arrastrar todo hacia él. Como si el reloj cambiara de sentido, el reptil va en reversa rumbo al agujero que lo alimentó, que no puede ver más y que ahora desea alimentarse de él. En un punto se detiene. La pequeña reja circular no permite su salida salvo a la delgada punta de su cola. Gritos, improperios afuera. Él se estira cuando deja de sentir la succión del vacío y escapa a un tramo más seguro en su noche larga, hasta que puede estirarse por completo. De nuevo la succión lo arrastra hasta el borde por más que intenta, con todas sus fuerzas, liberarse. Gritos otra vez. Luego el regreso a la tranquilidad sarrosa y densa del conducto.

Silencio profundo. Muy profundo.

Siempre es cuestión de tiempo. El grifo; el agua que llega. El agujero es cubierto con carbonato de sodio. Material inédito para él. Un líquido agrio lo envuelve después. Olor insoportable. Los colmillos escurren veneno buscando un enemigo invisible. Un burbujeo agobiante, estremecedor. Poco a poco se aleja rumbo a  la presión cónica del intestino, duro, delgado de su hábitat. Quizás es tiempo de alejarse para siempre reptil, todavía ofidio. Así lo hace pero el conducto se estrecha. En un punto, final, es imposible seguir. Perseguido por la espuma que hierve, que pasa suave entre su piel. Resiste, atrapado en el silencio cavernoso y asfixiante. 

El grifo se abre. La corriente fresca llega hasta él, alejado del origen traicionero. El grifo se cierra, el agua estancada pasa lento entre sus escamas ceñidas, envueltas en PVC, silencio y profundidad. Un chorro cae sin el rechinido acostumbrado del grifo. Rompe el silencio. El Espíritu llega incinerándole la cola, reclamando su existencia. Imposible escapar. Repta hacia él que repta inútilmente. Empuja fuerte como queriendo salir de un estreñimiento. Siente que el infierno lo va ocupando. Pierde energía y materialidad; cada vez menos ofidio. Muta en caldo de muerte frente a sus pupilas verticales. En la noche total se ve ir escurriendo. Su corazón dejó de latir pero es bien sabido que no es un órgano importante para los reptiles. Cuando su cabeza es devorada por el Espíritu de Sal, —Salfumán o ácido muriático como también es conocido—, puede verse todavía, pasar por fin completo, en estado casi líquido, a la cañería que guiará las últimas partículas de ofidio ermitaño al Tártaro para ser juzgado por el pecado de crecer.          

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