Tríptico de el día después

Por Carlos Cortés

Mi hermano murió sin ver realizada la que creía iba a ser su obra maestra: un tríptico pintado al óleo en el que pensaba imitar el estilo de sus adorados flamencos. Lo único que alcanzó a esbozar fueron las siguientes líneas que encontré escritas en su diario y que no son sino una frágil sombra de lo que pudo haber hecho con el pincel:

I

Sobre la palma de su mano gira la Tierra. La sostiene y la mira como un niño a una canica perdida por largo tiempo. Ahí, dentro de ella, encuentra al mar tratando de abrazar la orilla de los acantilados, que son muchos y estiran sus cuerpos hacia el cielo, escapando con vergüenza de aquel cortejo milenario.

II

Él lo ve y lo escucha todo. Ve los volcanes que se estremecen ante su presencia y escucha a los pastos que preguntan ¿qué ha pasado?, ¿qué significa este silencio? El viento se retira y duerme, por fin, el sueño de las cavernas.

III

Entonces prende fuego a su vieja zarza y anuncia al resto de las creaturas: «Ya no están aquí… ya no están. Ahora viven en una tierra nueva y en un nuevo cielo». Las estrellas lo rodean; se unen en llanto. Y parte de la luz del universo se apaga así para siempre.

Si tan solo yo tuviera su habilidad para mezclar colores y ubicar elementos, su dominio sobre luces y sombras, y el desenfado característico de un genio… ¿Podría? ¿Podría cualquier otro? ¿Podrías tú?

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