Rosa Venus

Por Brenda Margarita Macías Sánchez

Para Eslava

Estoy en una estancia de dimensiones desproporcionadas y sin aire acondicionado para este calor pegajoso. Me enfundé la bata y me tiré a la cama. Desde la pequeña ventana disfruto cómo entra el sereno de la noche y el último aliento de las estrellas muertas. Escucho las carcajadas de los vecinos, los gritos de orgasmos simulados, la música de banda y rock, y un gallo que amenaza con cantar a deshoras.

El baño era un hervidero de asqueles que huyeron cuando prendí la luz. Desde que no bebo ya no soporto la etapa en la que los borrachos se quiebran, se quieren, se abrazan y se acarician. Cuando empezó ese ritual decidí salir de la fiesta y buscar un lugar para descansar. Fue entonces que llegué aquí, a la habitación número 21 de este hotel de un pueblo morelense.

Siento una presencia que mueve hojas secas dentro de la habitación. Con la luz encendida inspecciono cada rincón, pero no encuentro nada en el suelo hasta que volteo al techo y allí, en una esquina, está ella. ¿Qué alimento podría encontrar un blátido en el techo a estas horas de la madrugada? ¿Qué tipo de adherente tienen las cucarachas en sus patas para poder caminar en el techo sin caer?

Su presencia irrita todo mi sistema nervioso. Tan fácil sería matarla y ya. Pero… con tan solo imaginar que la suela de mi huarache pudiera tener contacto con sus entrañas me baja la presión, me mareo, me duele el colon, me lleno de gas, tengo acidez, me falta el aire. Otro ataque de ansiedad, ¡caraja! Pido auxilio con un grito inaudible. Un grito que retumba en mis entrañas. Mis sentidos están sensibles a la espera de que suceda lo peor.

Al menos sé que es una cucaracha hembra porque no intenta volar. Sólo las cucarachas macho tienen las alas largas pero son torpes para usarlas. No saben. Por eso cuando se elevan chocan con todo. Al parecer es una cucaracha oriental porque tolera la luz. Las del tipo africana y alemana son fotofóbicas. Ninguna duerme.

Cuando viví en el norte de México, mi familia y amigos se burlaban de mi blatofobia. Fingí ser una persona normal, lo admito. No soporté y cambié de lugar de residencia. En la Ciudad de México es raro verlas. Sí hay, claro que las hay, pero no he estado cerca de alguno de sus nidos secretos. Son discretas. Qué risa. Si me hubiera quedado en el norte me hubiera visto en la necesidad de construirme una habitación de cristal porque es en la única superficie en la que estas insectas no pueden caminar, no pueden sostenerse porque su pegatina se desvanece.

Ahí va, con paso lento pero seguro cruzando todo el techo y ahora baja por la pared hacia la cabecera de la cama. Temo que esa cucaracha pueda caer en cualquier momento, perder el fijador de sus patas y simplemente lanzarse al vacío. No tiene nada qué perder. Permaneceré despierta. No voy a apagar la luz. Su movimiento me asusta. Salto de la cama, me armo de valor y salgo a buscar ayuda. Tocó el timbre del encargado. Por favor, cámbieme de habitación, susurro. Su cuarto está plagado de cucarachas, grito. En respuesta, la única luz que iluminaba el pasillo se apaga. Vuelvo a la habitación.

Creo que he invadido el espacio vital de una legión de blatodeos. Este es su hogar y es evidente que no me quieren aquí. Enviaron a esta cucaracha centinela para advertirme que estoy en su territorio. Estos seres son casi inmortales, me cae. Son resistentes a la radiación, a la energía nuclear. Pueden vivir sin cabeza fácilmente dos o tres días porque su sistema respiratorio se compone de tráqueas o de tubos ventiladores. Mueren porque no pueden masticar. Su cuerpo, en definitiva, es una armadura. Me las imagino cuando eran gigantes. Hay pruebas fósiles de su pasado inmenso, glorioso. Quizá en alguna otra vida morí bajo el ataque de un ejército de blátidos.

La pierdo de vista. Tengo la sensación de que sus pequeñas patas peludas o espinadas pasean por mi cuerpo semidesnudo. Ahuyento a las cucarachas invisibles, productos de este miedo primitivo e irracional. Siento la presencia de otros insectos que se burlan de mi estado vulnerable y ahí encuentro a la hormiga, al ácaro, a la chinche, a la polilla, al alacrán, mi amado alacrán, y a la termita. Escucho los zumbidos y cantos de moyotes muy cerca de mi oreja. ¿Serán carcajadas? Tengo comezón en todo el cuerpo. Me crecen ronchas. Repito, estoy en la habitación número 21 de este cuarto de hotel y sé que ella me mira y yo no… Lo sé, percibe mi miedo y se pavonea porque sabe que soy incapaz de matarla. Aunque tuviera el valor de molerla a pisotadas no ganaría porque matar a una no significa nada. Hay cientos esperando su presentación en el escenario del mundo. Hay una legión degustando desechos en algún lugar mejor que este para cenar.

Luego de tensar los músculos de la cara descubro a la cucaracha caminando en la cama. Mira, qué agusto. Se contonea a sus anchas. Mueve sus antenas mientras come restos de células muertas mías y de otros que ya se han acostado aquí antes. Ahora estoy en una esquina de la cama totalmente paralizada. Y aunque sigo analizando su seguridad me siento intrusa de su espacio. Esta cucaracha representa a cincuenta más que seguramente están escondidas comiendo putrefacción, residuos orgánicos y madera. Leí que les encanta el jabón. Tengo una genial idea para hacer las paces con esta insecta y convivir los minutos que me quedan aquí antes de que amanezca. Le doy de comer jabón chiquito para convivir con sana distancia. Come, pequeña. Sé feliz.

El sol se asoma por la única pequeñísima ventana que tiene este cuarto inmenso de hotel de pueblo, el gallo canta ahora sí con toda la fuerza. Es hora de partir. Acomodo mis cosas. Veo en el espejo mis ojeras y descubro que mi abdomen es un balón híper inflado, me aguanto las náuseas, las ganas de orinar y esta comezón. Al mirar hacia la cama veo que hay un festín de cucarachas que saborean a la Rosa Venus. Salgo de la escena y camino sobre la carretera en completa soledad. La sobriedad me está volviendo loca. Adiós, sobrevivientes. Adiós, amigas.

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