Purísima del Rincón

Por Pedro Omar Rivera

Del cajón de madera que sostenía el altar de la Virgen, el pintor sacó su Calendario del más Antiguo Galván de 1894. Tomándolo en sus manos, aún manchadas de amarillo. Leyó una anotación que, con letra de mosca, al margen de una página decía: «El cometa Halley volverá a pasar por la Tierra en el año de 1910». La leyó de nuevo, tratando de encontrar algo que no hubiera visto antes. «El cometa Halley volverá a pasar por la Tierra en el año de 1910». Y una vez más, casi resignado. «El cometa Halley volverá a pasar por la Tierra en el año de 1910». Regresó el libro a su lugar, se vio en el espejo y comenzó a pintar. Al terminar su autorretrato, lo giró y escribió al reverso:

A poco de cumplir setenta años he tenido la bendición de dirigir la compañía Farisaica y de vivir la Semana Santa con la devoción que me manda nuestro Señor. He fabricado vestidos y uniformes de cuarenta hombres, construido armaduras de latón, rodelas, cascos, lanzas y he tallado máscaras, he tocado el tambor, la corneta y la chirimía. He pintado máscaras y estrellas, He retratado a decenas de hombres y mujeres importantes, al presidente, a niños de ojos grandes y misteriosos, niñas de pelo largo y sonrisa brillante. Yo he sido un devoto sirviente de Dios esperando su bendición, esperando a que sea piadoso conmigo, pero ni así me ha dado un hijo. Ni uno solo. Estoy viejo, y ya no tengo tiempo de esperar un milagro.

Yo, Yndio de este pueblo de la Purísima del Rincón, nací el 13 de abril de 1832. Nací a las once y media del día y me retraté porque no hay otra manera de dejar algo de mí en el mundo, porque Dios me ha castigado, porque me odia. Porque Dios no quiere que haya otro como yo.

El pintor contempló el gesto enérgico que se acentuaba en el entrecejo de su retrato. Parpadeó tres veces para asegurarse de que su vista no lo engañara. Sobre la mesa de trabajo dejó el pincel y se desabotonó el abrigo negro que había confeccionado para retratarse. Los tambores de la judea retumbaban en su corazón.

De su bolsillo sacó un pañuelo y se limpió el sudor de la frente. Se sirvió agua en una vasija de barro y la bebió.

Inhaló profundamente con los ojos cerrados.

Luego de un rato destapó un frasco de color ámbar y vació un poco de solvente en su mano derecha. Las palabras, aún frescas, se alargaron hasta desaparecer entre sus dedos; sólo dejó una espiral grisácea.

Cogió el pincel de nuevo.

Escribió con letras rojas.

H. B. Yndio de este pueblo de la Purísima del Rincón, nací el 13

de abril de 1832 y me retraté por ver si podía.

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