Nole me tangere

Berman Bans

Era la primera vez que entraba a la sala de don Manuel. Una alfombra azul marino se extendía bajo el juego de sillones de cuero color azafrán. Más allá, en forma rectangular, la ancha biblioteca, limpia y ordenada. Sobre los estantes altos de al fondo, a unos seis metros del piso, una reproducción amplia de La Maja desnuda te recibía con su mirada insinuante. Yo sabía que don Manuel era un tipo más culto de lo que pretendía aparentar. Detrás de su jerga de periodista retirado, cuando entraba en confianza, sabía conversar con soltura y buen criterio sobre literatura y arte como cualquier diletante consumado. Sin embargo, no dejó de sorprenderme que tuviese a la Maja desnuda expuesta de esa manera, como la carta de presentación familiar ante la primera mirada de los visitantes. Sobre todo, porque su esposa, doña Esther, era una fanática evangélica muy conocida en el vecindario desde que organizó una vigilia escandalosa, con pastores gritones y altoparlantes más allá de la medianoche, para convertir de su mala vida a todos los paganos que circulábamos por esa zona del barrio. Mientras esperaba a mi anfitrión, atrasado por su ducha vespertina, me dediqué a recorrer la biblioteca y así descubrí, bajo una lámpara de mesa, cerca de los tomos de Tolstoi, esa exquisitez en pretendido mármol de Carrara: una reproducción de Apolo y Dafne, de Bernini, de aproximadamente un pie de alto, bañada por la discreta penumbra en ese rincón de la sala.

El conjunto es harto conocido. Apolo persigue a Dafne y, con su brazo izquierdo extendido, rodea con firmeza la cintura de la dríade. La ninfa alza los brazos al cielo (su cabello ramificándose con violencia) en un gesto retorcido de desesperación; un grito petrificado en su boca abierta. Apolo, el pie izquierdo alzado en el aire, la mira con repentina estupefacción mientras el viento ondea su melena y la manta que rodea su cintura. Las piernas de Dafne, desde las pantorrillas a las caderas, muestran la belleza intensa de la adolescente que aún no se convierte en mujer. Una corteza rústica trepa desde sus pies, raigambre de mármol hundida en la tierra, hasta su vientre, cubriendo el triángulo de su entrepierna como un escudo contra esas manos firmes, deiformes (el epíteto es tuyo, Ovidio) que la aferran cerca de la tensión del abdomen. La escena posee una pretensión recóndita. El deseo amoroso, bestial, obsesivo, ante el terror de la doncella, impotente y bellísima, que huye despavorida. El cuerpo de Apolo es de una belleza andrógina. Su rostro y su melena poseen una gracia femenina. Como si el autor nos mostrase en la vulnerabilidad del dios de la mesura, poseído por el amor no correspondido, la fragilidad de la omnipotencia masculina, burlada por la castidad rebelde de la ninfa.

Mi interpretación no es arbitraria. Es sabido que Berninni fue un artista comprometido de la Contrarreforma; un protegido de varios Papas y un militante católico convencido. La escultura original, en la Galería Borghese, lo consagró cuando no era más que un muchacho que apenas rondaba los veinticinco. La escultura, según los críticos, administra la magia del espacio y del claroscuro desde distintos ángulos de tal manera que la escena pareciera moverse eternamente para simbolizar el mito. Lo dionisíaco poseyendo a lo apolíneo. Lo erótico venciendo el orden establecido. Y la terca castidad derrotando al dios de la poesía, rompiéndole la madre a sus cantos masculinos. Marcela, ¿no era esa escultura una representación de tu desdén, una premonición de tu desprecio; una apoteosis de tus groserías? Nunca lo sabremos.

Cuando don Manuel me saludó, la tristeza incólume de esa escultura ya había barrido mi interés por cualquier partida de ajedrez o por la predecible final del campeonato de béisbol.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *