Naturaleza muerta

Por María López Toledo

Me acuerdo de sentir que no sabía qué hacer, la primera mañana en que crucé el patio de mi escuela primaria.

Me acuerdo del día en que, jugando con unas tijeras, recorté una figura de papel que parecía una pistola. Sentada sobre el asiento de seguridad para niños, la llevé conmigo en la parte trasera del auto.

Me acuerdo de mi abuela horrorizada cuando, al subirse al coche y preguntarme qué llevaba en las manos, le dije que era una pistola.

Me acuerdo de la técnica que desarrollé para evocar el llanto durante aquellas noches de insomnio. Mis papás, desvelados, acudían a abrazarme. 

Me acuerdo del vestido floreado que, durante la época de mi adultez más temprana, tantas veces usé. Eventualmente la tela se tornó traslúcida. 

Me acuerdo de la música que escuché la noche que pasé en un autobús cruzando la cordillera de Los Andes.

Me acuerdo de la revista que alguna vez llevé a la escuela para hojear con mis amigas durante el recreo. Al rozarla accidentalmente con una de mis rodillas raspadas, una de las páginas quedó manchada de sangre. Se trataba de la sección de preguntas y respuestas sobre sexo.

Me acuerdo de la pesadilla recurrente que tuve durante algunos años, y que después decantó en una fobia que aún no supero. Aviones cayendo del cielo sin ninguna razón aparente.

Me acuerdo de la fecha inscrita en la lápida de mi abuelo porque es la misma que la de mi nacimiento. Tres de octubre de mil novecientos noventa y uno.

Me acuerdo de las veces en que me derrapé mientras deambulaba por la sierra de San José del Pacifico. Encontrar el camino de regreso a la cabaña parecía imposible.

Me acuerdo de la cara de desesperación de mi papá, durante aquella ocasión en que casi me ahogué con un caramelo. Al regresar a casa, mi mamá disponía un arreglo de flores secas dentro de un jarrón. No le contamos lo que había sucedido.

Me acuerdo de la portada del libro de Ciencias Naturales de cuarto grado de la SEP.

Me acuerdo de la primera vez en que, al verme fijamente a los ojos a través de un espejo, experimenté esa extraña sensación de duda a propósito de mi existencia. 

Me acuerdo de cuando tenía dificultades para pronunciar la letra ‘R’.

Me acuerdo que para llegar a la escuela era necesario cruzar las vías del tren ligero.

Me acuerdo de cuando mis papás me preguntaban:¿Con quién te vas?, ¿con melón o con sandía?

Me acuerdo de la mochila en forma de koala que me regalaron cuando nació mi hermano; y de no entender la razón de ese y otros regalos.

Me acuerdo de la noche en que te conocí afuera de un OXXO.

Me acuerdo de un día en que mi papá comenzó a llorar súbitamente en el panteón.

Me acuerdo de la sensación de ternura que causaba el permanente de mi abuela sobre la palma de mi mano.

Me acuerdo de la vez en que pensé que mis amigos irían a despedirme al aeropuerto, y no fue así.

Me acuerdo de cuando le anuncié a mi papás que me iba de la casa.

Me acuerdo de cuando vi por primera vez a mi hermano: una enfermera nos lo mostró a través de un cristal. Mi papá me había metido de contrabando al hospital.

Me acuerdo de la madrugada en que, con un crayón rojo en mano, me levanté decididamente a hacer dibujos sobre la pared de mi cuarto.

Me acuerdo del día en que mi abuela regresó del hospital y no la reconocí.

Me acuerdo del domingo en que mi papá me acompañó a la Lagunilla a comprar unas Dr. Martens verdes que, con el paso de los años, cobrarían gran relevancia en mi vida. Pagamos mitad y mitad.

Me acuerdo que la temporada que pasé en Mendoza, me sentí más sola que nunca.

Me acuerdo de las cervezas que tomamos durante los trayectos que hicimos a bordo del tren bala.

Me acuerdo de la noche en que grité desesperadamente frente al mar sin que nadie me viera.

Me acuerdo de la tarde en que mi hermano y yo comimos espagueti con albóndigas frente al palacio de artes finas.

Me acuerdo que ni mi mejor amiga ni yo supimos nunca discernir si lo que vimos un día, regresando a casa súper pachecas, era un inmueble incendiándose o una alucinación.

Me acuerdo de las noches interminables bordando y viendo películas con mi abuela. 

Me acuerdo de la sensación que me daba el hecho de viajar, junto con mis primas, en la parte trasera del coche de mi tía. Nada malo me podía pasar.

Me acuerdo de cuando mi papá y yo llegamos en bicicleta hasta el océano; lo cual, para él, fue una sorpresa.

Me acuerdo de correr, junto con mi hermano, a lo largo de un pasillo de hotel gritando en repetición el número de nuestra habitación: ¡CUARENTA TREINTA Y DOS! ¡CUARENTA TREINTA Y DOS! ¡CUARENTA TREINTA Y DOS!

Me acuerdo de cuando lo que más deseaba era tener la edad que tengo hoy.