Nadie está listo para irse sin decir adiós

César Gaytán

–Mi primo me consiguió la pistola. Le llamé. Me debía un favor. Un par de preguntas sin mucho detalle. Adiós. Me consiguió la pistola. Me la envió por Uber. Obvio la puso en una caja, la envolvió en periódico, un montón de cinta, papel de regalo y un moño. Entonces pasó desapercibida por completo. No creerías lo fácil que es enviar cosas ilegales estos días. Pero bueno, el caso es que quería la pistola por si, ya sabes, la prueba salía positiva y…

El sonido de un auto en el exterior lo hizo distraerse.

–Espera. Deja me pongo los audífonos –dijo apoyando las manos en la mesa. La pantalla continuó encendida, pero él se alejó de la computadora hablando en voz alta.

–¿Qué te estaba diciendo? –gritó con su voz aguda desde algún punto más allá del pasillo que conecta la sala con las habitaciones–. Ah, sí. Ya tenía todo listo. Lo único que me detenía de hacerlo era Nami, mi perrita. Ya te he platicado de ella, ¿no? –dijo al sentarse de nuevo, arrastrar la silla a la mesa y conectar los audífonos. –Mira, aquí está. Ven, nena, preciosa, ven a decir hola. No quiere.

Tosió y se cubrió la boca con las manos

–A ella también le hubiera tenido que disparar, porque hubiera sufrido mucho sin mí. ¿Verdad que sí, bebé?, ¿verdad que eso sería lo mejor, para que no te vayas junto con papá? –dijo mirando hacia un costado mientras sacaba los labios y fruncía el ceño–. En fin. Todos muertos. Como en la boda roja, pero sin la muchedumbre de los Walder Frey de testigos.

–¿La de Game of Thrones?, ¿Esa boda roja? –preguntó la voz ronca.

–Sí, no hay otra boda roja. Cuando fui a la secretaría de salud me dijeron que el resultado de la prueba iba a tardar quince días, que mientras tanto no saliera ni por error. Y ahí me tienes. Llegué convencido de que nomás era para descartar, pero al salir ya estaba yo en plan de “¿a qué hora voy a ver toda mi vida frente a mis ojos?

–¿Qué sentiste al hacerte la prueba? Porque la última vez que platicamos me dijiste que sentías más ansiedad por tu miedo a las inyecciones que por estar contagiado –comentó en tono serio y grave–. ¿Ya te convenciste de que no hay agujas en la prueba del coronavirus?

–Ay, Xavier, pues yo qué iba a saber que me iban a meter un cotonete hasta el cerebro y un palo de paleta en la garganta hasta hacerme casi vomitar.

Ambos rieron al mismo tiempo.

–No sé qué emociones decirte –agregó rascándose la cabeza–, pero cuando venía en el carro el cielo me parecía más azul que cualquier azul que hubiera visto antes. Bajé el vidrio y cuando me dio el aire en la cara pensé que nunca más iba a respirar un aire como el de Saltillo, ¿tú crees?

La parte izquierda de la pantalla se iluminó al entrar la otra señal de video. Xavier se aclaró la garganta y contestó:

–Como que ya agarró mejor la conexión. ¿Ya me ves? –dijo al mismo tiempo que se acomodó los lentes con ambas manos.

–Sí, te veo perfecto.

–Bien. Por todo esto que me dices me parece que nos precipitamos, quizá, ¿no? Como que el miedo nos jugó en contra y cuando escuchamos que teníamos que esperar dos semanas para confirmar el estado de salud, esa ansia que mencionamos al principio, se disparó de forma inconsciente en un supuesto positivo, o más bien un falso positivo que nos empezó a jugar en contra. ¿Qué piensas, Mau?

No hubo una respuesta inmediata. Solo el ruido del ventilador de fondo. Un ladrido hizo voltear a Mauricio y asentir con la cabeza.

–No sé –soltó rápido para después morderse el labio superior.

–Bueno, empezamos la sesión hablando sobre la pistola. ¿Te parece contar más sobre eso?, ¿qué pasó?, ¿qué hiciste?

–Todavía no es tiempo, no te desesperes. O sea, bueno, sí te voy a decir, pero déjame te cuento primero el resto de ese día. Llegué a casa. Pedí el super en línea, ordené unas alitas por internet con mi despampanante finiquito y luego le pedí la pistola a mi primo. Después me encerré.

–¿La última vez que hablamos fue antes o después de este encierro?

–Fue antes. Yo hablé contigo el miércoles de hace dos semanas. Esto fue el sábado. O sea, para la sesión anterior que tuvimos, ya me habían corrido y también me habían dado fecha para hacerme la prueba. Ese fin de semana me empezó a cargar el carajo. Cada día era más largo que el anterior. No quería ni asomarme a la cochera. No salí a regar las plantas y se murieron todas. Pensé que mis papás iban a estar más al pendiente, pero no. Les llamé el sábado que fui a la prueba y mi mamá me dijo que habláramos de nuevo cuando me dijeran que estaba sano, que mientras tenía que cuidar que papá no se emborrachara a escondidas porque se ponía violento. No podía dormir, aunque estuviera cansado. No podía pensar en otra cosa que no fuera que me iba a morir de coronavirus. Y todo por estar esperando el puto correo. No tienes idea del estrés de estar en ascuas cada que se prende la pantalla o llega una notificación. Yo decía “ya llegaron los resultados y dicen que soy positivo”. Me voy a morir por no poder respirar y nadie se va a enterar y si se enteran no va a poder verme, ni voy a tener funeral, me van a cremar, y yo no quiero que me cremen. Tamara ni siquiera se ha preocupado en mensajearme ni una sola vez después de que rompimos. Los memes son reales, Xavier. Es cierto que en un apocalipsis los médicos son necesarios, o los mecánicos o la gente que sí hace algo útil, pero no un güey que escribe reseñas de restaurantes. Los güeyes como yo estamos destinados a fracasar siempre.

La respiración de Mauricio estaba agitada. Su frente brillaba por el sudor. Tosió una vez. La molestia fue tal que se llevó la mano derecha a la garganta y se masajeó con suavidad.

–¿Hablaste con alguien de esto? Habíamos trabajado que, cuando nos volviera esta sensación de pesadez y sentir que no podemos llevar algo nosotros solos, íbamos a recurrir a esta red de amigos con quienes ya establecimos una conexión de confianza y ayuda. Puedes mandarme un mensaje también a mí. No importa que no tengamos sesión. Si es una emergencia, adelante –lo invitó con un tono pausado.

Las lluvias de junio llegaron, inesperadas como siempre, y golpearon la ventana de la sala de Mauricio. El ruido de las gotas contra el vidrio se coló hasta el micrófono.

–Mau, ¿me escuchaste?

Con la boca apretada, y una respiración lenta y marcada, Mauricio vi fijamente a la pantalla. Otro episodio de tos lo obligó a ponerse de pie, quitarse sus audífonos y alejarse de la computadora. Xavier le hizo saber que se quedaría en la llamada. Unos segundos después, Mauricio regresó a su posición con un vaso de agua.

–Peldón. Ej que no me he grecupegrado todavía al jien –dio un trago al agua y echó la cabeza hacia atrás para tragar. Se aclaró la garganta y se colocó nuevamente los audífonos–. Ya. Obvio no hablé con nadie. Me sentía con mucha vergüenza, ¿sabes? Me sentía expuesto, desnudo y solo. El domingo intenté redactar mi currículum y actualizar mi LinkedIn, el lunes igual, pero no me salió. Así que, en la noche, como no podía dormir, me fui al baño, me paré frente al espejo. Me puse la pistola en la cabeza. Y recuerdo haber pensado: hasta aquí llegué. Me voy a pegar un tiro. Nadie me va a encontrar porque todo mundo está encerrado y tiene miedo de estar contagiado. No tengo a nadie. Por algún motivo alejo a las personas. Me voy a morir solo. Me sentí en un mundo vacío, sin sentido. Sin Dios. Y mira, yo nunca he sido muy creyente, pero pensar en eso me dio miedo. Es decir, ¿y si estoy equivocado? Y si existe Dios y me mato y me voy al infierno. Uno no piensa en eso realmente a menos que hay tocado fondo. Y yo me sentía ahí. Digo. Nadie puede asegurarlo ni desmentirlo. O sea, es Dios, güey, ¿sabes? Y todo ese tiempo tuve la pistola apuntándome a la maldita cabeza. Entonces escuché otra notificación en mi celular. No sé si fue por instinto o por desesperación, pero sin pensarlo apreté el gatillo.

Mauricio y Javier se miraron a través de la pantalla por unos veinte segundos sin decir algo. En cualquier otra situación, ambos hubieran culpado de esta inactividad a la mala conexión del internet. Pero estaban ahí. Sus respiraciones pesadas los delataban y se hacían cómplices al mismo tiempo. Fue Xavier quien rompió la tensión.

–¿Te disparaste, Mauricio?, ¿eso es lo que quieres decir?

Mauricio pasó saliva, bebió el resto del agua y dijo:

–No disparé, pero sí apreté el gatillo.

–No entiendo –contestó Xavier.

–Pues nada, eso. Que no tenía balas. El pendejo de Lorenzo me consiguió la pistola, pero venía sola y yo pensé que estaba cargada, pero como nunca había manejado un arma no sabía qué pedo.

Al terminar de decir esto, la risa de Mauricio desfiló por toda la casa, comiéndose hasta el último eco. Nami reaccionó con ladridos fuertes y seriados. Xavier escuchó la saturación del micrófono y mientras su rostro pasó de los hoyuelos en sus cachetes a una expresión más bien estoica. Mauricio lo hubiera visto de no haber estado doblado de risa y con los ojos cerrados. El terapeuta se aclaró de nuevo la garganta.

–Me parece que deberíamos parar un momento. ¿Qué te parece si te pones de pie y respiras despacio?

Con la risa entrecortada y los ojos todavía cerrados, Mauricio asintió nuevamente y levantó las manos como si estuviera pidiendo todo aquello hubiera sido un accidente y no algo premeditado.

–Vamos a respirar mientras cuento hasta tres –continuó Xavier–. Uno… dos… tres.

Pero la tos no dejó en paz a Mauricio.

–Retoma conmigo –sostuvo Xavier. Respira para que te puedas calmar. Otra vez. Respiramos.

Xavier levantó los brazos mientras los números salieron de su boca.

–Uno. Dos. Tres. Retenemos. Y afuera.

Bajó las manos.

–Eso es. La tos se está calmando, ¿ves? Otra vez, sin prisa. Uno. Dos. Tres. Pausa. Mantén ahí. Y sacamos el aire. Que se vaya todo junto con nuestras preocupaciones en este momento. Última repetición. Inhalamos. Uno. Dos. Tres. Pausa. Y listo.

Mauricio abrió los ojos. La carcajada y la tos quedaron transformadas en una extraña mueca que abarcó toda la casa. La comisura de los labios levantados como si sonriera a fuerza. Los ojos saltones.

–Ahora sí, ¿puedes contarme con más tranquilidad qué fue lo que pasó? –retomó Xavier.

–Sí, doc, tienes razón. No da risa. Lo que pasó es que no tenía balas.

El tono de Mauricio era diferente. Más… solemne. La seriedad en sus frases no correspondía al semblante en su cara.

–Solo me tumbé a llorar como siempre. ya sabes –continuó con su voz aguda–. El típico piscis sentimental que no puede hacer nada bien. Ni siquiera matarse. Pero eso fue hace más de diez días. Ahora sí está todo bajo control.

–¿Qué pasó con la dosis de alprazolam?, ¿te ayudó?, ¿ya no están haciendo efecto?

Mauricio se rascó el mentón y dio un suspiro profundo antes de responder.

–Sí, todo está funcionando de maravilla. ¿Doc, te importa si nos despedimos de una vez y dejamos la sesión hasta aquí? Creo que ya dije todo lo que quería decir. Solo te quiero mostrar una cosa más.

Xavier miró su reloj de muñeca.

–Todavía tenemos tiempo, pero podemos ir cerrando si lo prefieres.

–Te voy a compartir algo en la pantalla. Espera –soltó en voz alta.

El cuerpo de Mauricio se arqueó frente a la cámara. Dijo unas palabras inentendibles y se escucharon un par de clicks. El monitor cambió la imagen de su cámara web por la de un PDF de fondo blanco y letras negras.

–Espero que lo estén viendo todos –susurró, pero esta vez sí que Xavier lo había escuchado–. Mira, doc, ya me llegaron los resultados.

El cursor señaló un renglón: “COVID-19: POSITIVO”, pero Xavier no dijo nada.

–Eres el único que me escuchó, Doc. Aunque supongo que es porque es tu trabajo. Como quiera te lo comparto a ti. Al principio no estaba seguro si hacerlo o no. Pero si no lo hago en este momento, no me voy a atrever otra vez.

Se escucharon otros clicks y la imagen de Mauricio volvió a la videollamada.

–Nami, ven, chiquita, mira lo que tengo aquí. Es comida. Mira.

–Mau, si me permites, creo que…

Pero Mauricio le pidió que lo dejara terminar.

–Ven, aquí –dijo moviendo la mano–. ¿Si la ves? Es hermosa. Y le encanta lamer mantequilla de maní de la mesa.

La cara completamente negra de la perra criolla se metió a la videollamada. Mauricio le acarició la cabeza, mientras ella estiraba la lengua. El hombre se acercó a besarla sobre las orejas y comenzó a llorar. Con un movimiento rápido, la mano de Mauricio dejó ver la pistola y le disparó en el cráneo sin titubear. La mascota emitió un tenue gemido y cayó al suelo. Mauricio se apartó rápido hacia atrás hasta chocar de espalda a la pared y miró directo a la cámara de su computadora.

–Perdón –dijo.

Abrió la boca y disparó. La sangre quedó esparcida sobre la pared blanca. En la pantalla, Xavier miraba inmóvil lo ocurrido. Tenía la boca ligeramente abierta y parpadeos rápidos. De pronto vomitó. Unos segundos después cortó la llamada.

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