Los nombres

Por Carlos Cortés

Había una historia que mi padre contaba ocasionalmente y que, de alguna forma, podría decirse que le obsesionaba. Hoy, por la mañana, he ido a hacerme unos análisis de sangre y al regresar del laboratorio la he recordado. Pero la historia no tiene que ver con análisis ni con sangre ni nada de eso. Yo la he etiquetado en mi mente con el título simplón de El encarcelado. Y va más o menos así:

Sucedió que en la prisión de la ciudad un reo preguntó a otro por qué razón se encontraba ahí este. Y aunque por regla general lo mejor es callarse ese tipo de cosas, el otro, sin darle demasiada importancia, contestó muy amablemente:

—Estoy aquí por una lonchera.

—¿Cómo? —respondió el primero, desconcertado—, ¿por robar una lonchera?

—No —dijo el otro—, yo soy abogado. Yo nunca he robado nada. Yo venía a visitar a uno de mis clientes.

El primer reo miró al otro con recelo, porque entre reos hay que sospechar siempre de los abogados, aunque estén encerrados. Pero la curiosidad pudo más en él y continuó:

—¿Entonces?

—Pues que yo venía a visitar a mi cliente pero me olvidé la lonchera en casa y en ella había metido mi cartera con mis credenciales; no pude dejar de pensar en eso en todo el camino desde el pueblo.

El primer reo lo miró con los ojos bien abiertos y casi convencido de que estaba tratando con un loco.

—Oiga… ¿usted no estaría mejor en el psiquiátrico? —dijo.

—No, no… Mire —contestó el otro—, voy a explicarle: todo el camino desde el pueblo estuve pensando en mis credenciales, en mi cartera, en la lonchera y, en algún momento, por asociación de imágenes, recordé a Pedrito Zepeda —un compañero de la primaria que todos los días me quitaba el almuerzo.

Tras un breve momento en el que los guardias les pusieron las esposas y los trasladaron al patio, el reo-abogado prosiguió:

—Un zángano, una mala hierba ese Pedrito Zepeda, en pocas palabras un vividor… Como le decía, me vine todo el camino pensando en la lonchera y cuando llegué a la entrada de la prisión…

—¿Sí?

El reo-abogado hizo una nueva pausa, tan solo para recuperar el aliento, pues el recuerdo lo había alterado.

—¡Vamos, hombre, dígalo ya! —exigió el primero.

—Cuando llegué a la entrada de la prisión uno de los guardias me preguntó mi nombre y yo dije sin darme cuenta: Pedrito Zepeda. Entonces me echaron una mirada de arriba abajo, hicieron una llamada como de urgencia e inmediatamente me esposaron.

—¡Vaya!

—Sí. Y yo sin credenciales.

—¿Cuándo lo dejarán ir?

—No lo sé. Cuando encuentren a Pedrito Zepeda, supongo.

El primero le dirigió una última mirada maliciosa y dijo:

—Pero a Pedrito Zepeda hace tiempo que lo atraparon.

Pues bien, he recordado aquella anécdota porque hoy en el laboratorio creo haber confundido a la señorita que me tomó la muestra al momento de dar mis datos. O algo por estilo debió suceder. Porque ahora mismo releo mi recibo y en él se lee claramente:

Paciente: García Bustos Juan A.

Sexo: F

Solo espero que ese pequeño detalle no interfiera con mis resultados.

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