Lo que nunca conté de Jaclyn Smith

Lenin Pérez Pérez

Qué van a saber de la vida si no la han repensado a las tres menos cuarto de la madrugada, con un frío de las mil perras y el recuerdo del almuerzo en el estómago. Yo, que de niño me rehusaba a conseguir la bendición, he mal aprendido a rezar cuando el terror a un intruso, a dos, o a una pandilla entera, llega a esta hora bajo el golpe seco que adivino echa abajo el único portón que no veo desde la altura de la garita. Ese punto de acceso que no alcanzo a mirar, aunque lo intente subido al balde donde meo la noche entera, por no abrir la reja que deja pasar el sereno y bajar a pisar mi propia sombra cuando dejo atrás las bombillas, y con su miedo se me adelanta. Dios Santo, que hiciste de tus ojos luz la vigilia permanente para cuidar a tus hijos, vela por mis despojos en vida también esta noche. Bien lo dijo la maestra Rosa María que acabaría de celador, y puso en mis manos un libro de Leo Buscaglia que fue el primero en acompañarme durante una noche oscurísima en la que, luego de masturbarme pensando en Farrah Fawcett, ya no tenía en qué ocuparme, así que encendí una linterna y me puse a leer. Y ese manual de autoayuda, Vivir, amar y aprender, no sólo me alertó sobre el vacío que ya me advertían los dientes de conejo de mi seño, sino que también me hizo de una inesperada popularidad entre las niñas. El contenido, no sé si lo recuerdo bien o lo inventé, iba de una anécdota con un aterrizaje tristísimo que luego entendí como un guiño a García Márquez. Un padre de familia ya sin mucho en la despensa, prepara para la cena el último paquete de espaguetis que les queda. Lo adereza con una salsa que resolvió con dos tomates, sal, y les advierte a todos que si bien no hay nada para el día siguiente, son un clan que al menos celebrará que esa noche están juntos. En un insomnio tengo que encontrar ese relato y repasar su broche pues, al compartirlo en el colegio una y otra vez, en recreos, paseos y en tardes muertas, le fui agregando pasajes de otros cuentos similares que la maestra me fue agenciando. Recuerdo a esta hora tan distante al desayuno, que me inventé un amanecer para aquella gente en la que «milagrosamente recibían una llamada de un primo lejanísimo que los hacía herederos de una fortuna», en un cierre cliché que levantaba aplausos. Llegué incluso a organizar los remates y a compartirlos según la expectativa de quien me escuchaba. «Todos acababan intoxicados y muertos», para los varones. «La verdad eran fantasmas y no había nada que temer», para los incrédulos. Que «sólo había sido un mal sueño del viejo», para las niñas rosa que aspiraban seguridad y orden. Y una versión en la que el papá de aquella casa era yo, y la mamá Jaclyn Smith, otra de Los Ángeles de Charlie, y que no se la contaba a nadie. Luego crecí. Seguí leyendo. Y enterado como estaba de las infinitas posibilidades de un buen cuento, cuando se truncó mi bachillerato vi conveniente abrazar el augurio escolar y me busqué un oficio que me regalara suficientes horas para la lectura. Muchas horas. Inacabables horas. Y aprendí a leer con respeto a lo que está dentro y fuera de los libros. Para espantar el frío. Como sustituto del café. Y cuando quiero que por los barrotes de este calabozo se cuele el aire. Haciéndolo de cuando en cuando en voz alta para mi perro, o para la oscuridad. Para el que mejor atención me preste. Y si leo la misma historia, cambio el final la siguiente vez para que no aburra. Si una noche entran los choros les tengo un remate por hora, hasta que amanezca. No hay quien no se rinda por conocer el desenlace de una buena crónica. Y con unos ladrones sin lecturas no tiene por qué ser diferente. Les voy a confesar que yo soy ese padre de familia. Que temprano al salir de la guardia iré directo a comprar el último paquete de espagueti para mi prole, y que con gusto volveré mañana, para que me maten.

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