Las heroínas son mortales

Por Marisol Torres Cruz

Marisol abre la llave y deja correr el agua. Mete sus manos al chorro, toma un poco de jabón líquido y frota palma con palma, restriega entre los dedos, los pulgares y las uñas. Se enjuaga sin dejar de contemplar la mezcla de detergente y agua que extermina el virus, eso dicen y si eso dicen, ella lo hará, aunque añora la dinámica en la que solo bastaba lavarse sin tanta exageración, aquel tiempo en el que podía jugar con sus niños sin tanto riesgo. Cierra la llave, toma una toalla para secarse las manos y una sonrisa regresa a sus labios recordando aquella vez.

Le gustaba fregar los pisos del área de oncología, en especial donde estaban los niños. En esa ocasión, le habían hablado para que limpiara el pedazo de azulejo donde uno de ellos había vomitado y mientras escurría y volvía a trapear, notaba cómo el cansancio y el aburrimiento deformaban la cara de los pequeños. Entonces, se le ocurrió una idea. Metió la escoba debajo de la cama. «¿Qué habrá ahí abajo?», decía tratando de sacar algo con la escoba. «¿Qué será?», repetía esperando llamar la atención de los chiquillos que interesados se erguían para mirar lo que Marisol intentaba atrapar. «Las tengo, casi las tengo», dijo en cuclillas. Se paró con las manos cerradas, agitándolas como si algo dentro de ellas se moviera. Las zarandeaba de arriba hacia abajo. Daba pasos, giraba y los niños aguardaban para ver lo que ella traía. Después de tanto ajetreo se detuvo en la cama del niño que vomitó, abrió las manos y con sus dedos tocó ligeramente el estómago del chico que a carcajadas se reía.

«¡Que tiempos!» Suspira y contempla la resequedad arraigada en la piel de sus manos.

*

Marisol ríe y camina ágil entre la gente que está en los pasillos del hospital. «Manita, buenos días», saluda a una enfermera y sigue su camino. «¡Marisol! ¿Traes panes?», le grita uno de sus compañeros al verla. «Panes, Carlota, gelatina; lo que quieras». «¡Guárdame tres!» Ella asiente y sigue su camino hacia el séptico para lavar la jerga y cambiar el agua. Sin soltar la cubeta y la escoba abre la puerta con el peso de su cuerpo. Al entrar observa el trajín de sus compañeros: una de ellas enjuaga un cómodo, otro echa las sábanas sucias en los contenedores y otra exprime una jerga. «¿Ya mero, Marisol?», dice una de sus compañeras alistado su herramienta de trabajo. «Me falta la sala dos», contesta echando el agua sucia en la tarja. «Pero ahorita nos apuramos». Abre la llave y espolvorea detergente sobre el trapo. Su compañera abre la puerta y, antes de cerrar, le recuerda que les toca comer gorditas.

*

Marisol, sus compañeras y otras personas esperan el elevador. Las puertas se abren y todos entran apretados, sin espacio, ni siquiera para el aire. Unos dedos presionan el botón de planta baja. Las risas, un estornudo, el timbre de un celular, la apertura de una bolsa de frituras y la voz de una niña que canta una canción escolar irrumpen el silencio del elevador. Entran y salen hasta que el elevador se vacía.

*

El olor a grasa impregnado en el aire se cuela por los barrotes verdes que separan el hospital de la calle y rebosan las fosas nasales de todos los que andan por ahí. De camino al puesto de gorditas, Marisol y sus amigas escuchan la sirena de una ambulancia que se detiene en urgencias. Ellas, pendientes, observan que alguien cubierto por un traje blanco de cabeza a pies, con cubrebocas y googles, baja y abre las puertas traseras de la camioneta para que otros, ataviados como él, desciendan una especie de cápsula con una persona adentro. La gente cercana se mueve rápido y abre paso para que nadie estorbe.

Mientras Marisol y sus amigas esperan el pedido de gorditas, hablan sobre lo sucedido «¿Vieron?» «Sí, parecían extraterrestres». «Era como una incubadora, ¿verdad?», «¿Sus gorditas con todo?», les pregunta la señora, con una mano sobre el cilantro, esperando la respuesta mientras en la radio los anuncios sobre lavarse las manos, usar cubrebocas y tomar una sana distancia se diluyen entre el ruido del motor de los autos, la música de algunos puestos y el griterío de los demás.

*

Al principio sospechan que aquel paciente es el primero con COVID-19, más tarde lo confirman.

El virus ha entrado al hospital sin previo aviso. Así de sorpresa, tal como lo ha hecho en el mundo: Invadiendo cuerpos, arruinando planes, destruyendo vidas.

En el hospital los pacientes infectados desplazan a otros enfermos con distintos padecimientos. Unos siguen llegando en cápsulas de aislamiento, otros llegan arrastrando los pasos o tomando aire a bocanadas.

Todo se transforma. Limpian las paredes, refuerzan las puertas y se restringe el uso de los elevadores. La poca libertad que se podía sentir dentro del hospital también sucumbe.

*

A Marisol y a sus compañeros les piden que en las diluciones usen más cloro, les reparten el equipo de protección personal y les explican cómo tienen que ponérselo: «primero las botas, luego la bata, la gorra, los googles, el cubrebocas N95, guantes y finalizamos con la careta». Mientras escuchan las indicaciones, observa los rostros tensos de sus compañeros, la saliva que se atora por segundos en la garganta y la incertidumbre que se fuga por las miradas que, unos a otros, se intercambian. Después de esas instrucciones, nada.

*

«No olvides ponértelo», le recuerdan a Marisol al verla sin cubrebocas. Ella, sobresaltada, busca en los bolsillos de su bata el tapabocas que se acomoda aprisa, luego baja la careta, toma la escoba, la cubeta con más desinfectante y la jerga, pero antes de salir, uno de los jefes del departamento les comunica sobre los nuevos cambios laborales. «A partir de ahora se formarán equipos de trabajo. Se mandarán cuatro personas a cada ala. Los primeros dos empezaran de 8 a 11 horas a limpiar los cuartos y sacar la basura; el siguiente equipo comenzara de 11 a 14 horas y se encargaran de los pasillos, los baños, el control de enfermería y el área de elevadores. ¿Quedó entendido?».

*

Marisol camina por el pasillo de un área restringida casi a tientas pues se le empañan los googles. El cubrebocas le incomoda, respira su propio aliento que luego de unos minutos nota pesado y caliente, pero si quiere vivir tiene que acostumbrarse a su nuevo traje.

Frente al primer cuarto, intenta no pensar en el virus. Moja la jerga, la pone sobre el cepillo de la escoba y entra. Se mueve rápido entre una cama y otra. Sin mirar, sin detenerse, sin bromas ni sonrisas. Su paso por el cuarto es veloz. Sale y nadie se ha enterado de su visita. Ella continúa así durante dos horas más.

*

A Marisol la falta de aire le provoca nostalgia por aquellos días en que llegaba a las siete de la mañana con ganas de trabajar, de provocarle una sonrisa a los pacientes y aminorar su dolor. Recuerda que después de asignarle el área que tenía que limpiar y preparar su herramienta: cubeta, jabón, cloro, cruceta y trapos; compartía el desayuno con sus compañeros.

*

Entra y sale de los cuartos aprisa, decaída. Al fregar el piso, Marisol nota cómo la limpieza también ha cambiado y aunque ella quisiera dejar las camas, la mesa donde comen los pacientes y las ventanas rechinando de limpio, no puede. Hay que tener cuidado de no mover cables; hay que salir de los cuartos lo más pronto posible.

*

Marisol ve la hora y siente la boca seca. Es el tiempo del relevo. Toma sus cosas y camina sobre el pasillo por donde pasa alguien, ¿quién? No lo sabe, pues debajo de ese traje ya nadie se reconoce y, entonces, el trabajo se vuelve pesado, impersonal y mecánico.

Una vez fuera del área de riesgo, Marisol se quita la careta, el cubrebocas y los googles. Se sostiene de la tarja, pues siente que las piernas se le doblan y el aire le falta. Uno de sus compañeros la ayuda a llegar a una silla. Ella se sienta y comienza a respirar. Pide agua, un vaso para calmar la sed que la está venciendo. «Deberías pedir tu licencia», le dice su compañero, pero no responde, no tiene fuerzas más que para sorber hasta la última gota.

*

Marisol echa a la maleta de su hijo, Axel, un paquete de salbutamol. «Pero quiero estar aquí, mami». Ella lo escucha sin dejar de llorar, pero sabe que dejarlo en casa sería arriesgado y no podría regresar a aquel infierno donde la neumonía casi se lo arrebata. «Es mejor que estés con la abuela, solo será por un tiempo». Cierra la maleta.

*

Otro día de trabajo y el panorama parece empeorar. El olor a comida también ha sido destituido. Ahora el hospital despide un aroma que pica la nariz. Se siente un frío cadavérico y el dolor hace eco.

Marisol ha sentido la discriminación de la gente que, en su ignorancia, pasa en autos y desde ahí les lanzan botellas de vidrio llenas de cloro «mueran, infectadas», «Traen el COVID», «Son COVID, que no se me acerquen». Aun así, todos en el hospital siguen trabajando, conteniendo algo que se desborda. «Hacemos lo imposible».

La ayuda no tarda en llegar y La Guardia Nacional custodia a los pacientes, a los familiares y a los servidores del hospital en contra de la maldad «como si fuera un cómic».

Pero no basta y Marisol ve cómo muchos de los trabajadores prefieren pedir su licencia antes que arriesgarse. La solicitan porque están diabéticos o son hipertensos; algunas chicas están embarazadas o varios tienen familiares del grupo vulnerable. El hospital se va quedando con menos del 50% de su personal. Entonces, vienen las contrataciones y los bonos. Surge el apoyo de instituciones con desayunos y despensas; con todo y esto no hay nada que apacigüe el temor que todos sienten.

*

Marisol piensa si será mejor pedir su licencia o seguir. Si no es por ese trabajo y el de su marido, su hijo no estaría bien. Mientras se pone el traje al que aún no se acostumbra, piensa que si pide permiso podría convivir con su hijo, pero…

Un silbato suena y a ella se le estruja el estómago. Escucha con atención esperando que el policía grite “código victoria”, pero su ánimo decae al oír “código verde” que significa un infectado más. La constancia del “código verde” y el “código morado” (muerto por COVID-19) se reproduce como «búlgaros».

Las indicaciones son sencillas: si hay gente caminando por los pasillos y oye un “código verde o morado”, tiene que detenerse o alejarse. Los “código verde” entran por urgencias y son dirigidos, en el elevador COVID-19, al tercero o quinto piso. El “código morado” también baja por el asensor especial y detrás de la camilla vienen tres personas: uno para desinfectar el ambiente, otro para esterilizar el piso con cloro y el último para limpia las paredes.

Marisol inicia su jornada laboral en un área COVID-19. Sin detenerse a saludar a quien pasa a su lado, entra a un cuarto, y por primera vez después de mucho tiempo, observa a los pacientes. Son jóvenes, desalentados.

Recuerda que en otras áreas puede conversar, pero aquí, donde la mayoría de la gente tiene oxígeno o está intubada, no puede. Sin embargo, se pregunta ¿Quiénes serán? ¿Qué pendientes habrán dejado? ¿Dónde estarán sus familias? «No, no puedo dejarlos e irme. Ellos luchan por su vida y los voy a apoyar, a ellos y a mis compañeros».

*

Los días avanzan y la muerte oprime la vida de los pacientes, asedia la de los doctores, de las enfermeras, de los compañeros de Marisol y de sus familiares.

«Nuestro jefe murió», dice uno de sus compañeros. Ella no puede creerlo, tenía pocos días de haberlo visto. Ese mismo día se entera que la mamá de uno de sus compañeros también falleció, y más tarde la noticia de que la familia entera de otro de su compañeros, a quien ya no le quedan lágrimas, ha muerto. Esta situación la destroza y la deja sin palabras de aliento.

*

De camino a su quehacer diario Marisol siente, parada en medio de varios pasillos, que los han lanzado «al matadero», así nada más. ¡Cómo le gustaría que uno de sus jefes o alguien se acerca a preguntarle: ¿te hace falta algo? ¿Cómo te sientes?, pero ¿quién? Si todos los demás están igual.

Termina su jornada. Llega al séptico, deja su herramienta y baja a las duchas. Abre la llave y respira hondo. Mientras se enjabona el cuerpo, recuerda que antes de la pandemia llegaba a su casa a comer, descansaba un rato y se ponía a jugar con su hijo. Ahora no, ahora es distinto. Llega, se quita los zapatos que deja a un lado de puerta, se desinfecta, lava su ropa con cloro y se vuelve a bañar. Marisol cierra la llave, toma su toalla y se viste.

*

«Extraño a Axel» le dice Marisol a su esposo, quien le masajea los hombros. Ella solloza, pero sabe del riesgo que corre si lo trae de nuevo a casa. Llora. Él la abraza y ella reza a Dios para no contagiarse.

*

Marisol quiere correr al ver a tantos muertos, pero «¿cuándo he tirado la toalla?, ¿cuándo lo he hecho?», se pregunta mientras su llanto cae sin medida sobre el pavimento. «No es justo para los pacientes ni para los compañeros. Este es uno de los momentos en los que más nos necesitamos». Quiere creer en lo que dice, pero también ella tiene miedo. Se limpia las lágrimas, respira y afirma «Voy con todo y que sea lo que Dios quiera». Se persigna.

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«Quizá los de la limpieza no seamos tan esenciales comparado con los médicos y enfermería, pero con nuestro trabajo prevenimos focos de infección; al limpiar el área se previenen enfermedades», Marisol termina la frase pegando sobre la mesa ante la petición de su esposo de pedir la licencia. «Tienes razón, si nos toca nos va a tocar. Tenemos que dejar de vivir con miedo».

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Marisol, como otros tantos, empieza a sugestionarse. Cada que llega a su casa tiene un padecimiento distinto, un día le duele la espalda, otro día es el pecho. Amanece también con dolor de garganta y cabeza. «Sugestión, solo es eso», se dice mientras viaja en el transporte público y observa que muchos de los pasajeros no traen cubrebocas.

*

Es la quinta vez que Marisol ante la desesperación por saber de tanto muerto, llora en el patio. Está sola y no sabe cómo parar. Le habla a su madre con quien ha llevado una relación distante. «¡Mamá, ya no puedo!» Su mamá, al otro lado del teléfono, le dice que sí puede, que si no la conociera lo dudaría, pero sabe que puede». Las palabras de su madre la tranquilizan. Se despabila y entra de nuevo al hospital.

*

«¿Quién sobrevivirá?» es una pregunta recurrente.

*

Fuera del hospital se escuchan los gritos y el llanto de las personas  que quieren ver a sus familiares, saber de ellos, pero el protocolo es claro y una vez que los internan, no se les puede ver. La mayoría de las veces no los vuelven a ver. Una vez que muere un paciente va directo a patología y de ahí la funeraria lo espera para cremarlo.

*

Pocos son los que salen. A Marisol le ha tocado la fortuna de escuchar el pitido del policía y gritar “código victoria”, entonces por un momento, el hospital se ilumina y los aplausos suenan alegría y un olor a fresco llena los pasillos.

Aún así, el dolor y la depresión vuelven a opacar la luz blanca de los cuartos. Las malas noticias no paran y los días se vuelven interminables. Ella quisiera ayudar, pero no puede, no sabe cómo, pues igual que los demás, ella también es vulnerable.

*

«Marisol, no puedo seguir cuidando a tu hijo». Lo sabía. Sabía que su mamá con lo de su enfermedad, algún día de estos meses tan horribles, decaería. «Está bien, mamá, gracias» y tras un silencio, cuelga.  Sin dejar de contemplar su comida la revuelve como si fueran sus ideas. Piensa una y otra vez en las medidas que deberá tomar con la llegada de su hijo.

*

El tiempo avanza y Marisol está apunto de colapsar. Son tantos los pacientes que pasan en camillas, infectados o muertos. «¿Cuándo va terminar esto?» le pregunta a su mamá que, al teléfono, le cuenta que la vecina, el señor de los tacos y la señora de la tienda, fallecieron.

«Hoy estamos, mañana quién sabe», dice ella al tiempo que ve volar a un pájaro.

*

«¿Y ahora que va a pasar con sus hijos?», le pregunta Marisol a la trabajadora social, refiriéndose a Doña Carmen, una mujer de aproximadamente cincuenta años,que llevaba a su hija de veintidós años a las quimioterapias. «¿Qué será del chico que tiene discapacidad y del más pequeño?». La trabajadora social le dice que lo indicado es contactar a la familia de Puebla, pero aun así, no promete nada.

Marisol observa la cama que ocupaba la señora Carmen y piensa en los niños. «¿Tendrán a dónde vivir?», «¿Qué será de la chica con leucemia?»

*

Parece que la alegría de Marisol también ha enfermado y agoniza.

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«No puedo, ya no puedo», se dice al ver, desde una ventana que limpia, las tiendas cerradas, las calles sin puestos de comida y las bancas vacías.

Marisol lleva tiempo de no ver a su familia. Prefirió tomar distancia por miedo a ser asintomática. No podría con la culpa de saber que puede contagiar a alguien. Pero el aislamiento deprime, aun así no se da por vencida.

*

Marisol ha escuchado comentarios de la gente que aún no cree en la exisencia del virus. Creen que es cosa del gobierno, una cortina de humo para hacer tus tejes y manejes. Pero es cierto, y la mayoría de los pacientes que ha dudado, fallecen.

*

A casi un año de la pandemia, algunos familiares de Marisol han sufrido las consecuencias de padecer COVID 19. «Unos permanecen, otros se nos han adelantado».  Aun así, ella, una mujer con miedos y vulnerabilidades, ha decidido hacerle frente a la adversidad, ponerse en los zapatos de aquellos que están solos, que necesitan de una sonrisa, de esas palabras de aliento y también de un adiós. Marisol Ruiz García, es dentro de esta contingencia, una heroína mortal que eligió seguir acompañando a los pacientes del hospital la Raza y a sus compañeros.

3 comentarios sobre “Las heroínas son mortales

  1. Ana Aguilera Responder

    Wow que buena historia. Una de muchas muy reales y muy presentes todavía. Que humanidad, que valentía. Gracias Marisol Ruiz y Gracias Marisol Torres por regalárnosla en blanco y negro para darnos cuenta que la vida sigue, no podemos vivir con miedo y hay que ser fuerte por uno mismo y por los que nos rodean que están igual o peor que uno.

  2. Luz Responder

    Me encanta el narrador, el
    Vocabulario, el ritmo.
    El personaje de Marisol es el reflejo de uno de los roles que más admiro de las mujeres: el de
    Cuidar. Mujeres valientes que no decaen ante las adversidades de las guerras, las pandemias, las crisis. Mujeres cuidadoras, comprometidas y valientes.

  3. Nina Responder

    El relato describe con exquisitez los horrores de la pandemia y como esta cambia a las personas y sus vidas.

    Este relato corto te invita a vivir de los pequeños momentos que dan aliento en situaciones adversas.
    Me ha gustado el sentir la evolución del personaje durante el relato.

    Soy sanitaria y me ha encantado el hecho que se le pueda dar visibilidad a esta situación des de esta perspectiva. He vuelto a revivir algunas de las situaciones y sensaciones que tuve en su momento.
    En pocas palabras ha sido capaz de plasmar lo que mucha gente ha vivido.

    Gracias por darle voz.

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