Las fiestas infantiles siempre desencadenan extraños acuerdos

Por Laura Luz Morales

La lideresa tenía una barriga prominente y una papada que le cubría el cuello moreno, más oscuro que el resto de su piel, según lo que se alcanzaba a distinguir debajo de los pliegues. Llevaba puesto un conjunto rosa brillante y sus piernas no eran capaces de entrar por completo debajo de la mesa, así que se sentaba de lado, con las rodillas muy separadas, recargando su pesada mano en un bastón de cuatro apoyos para mantener la espalda recta. Cuando me acerqué a las mesas, nerviosa porque no encontraba rostros familiares, me invitó a sentarme a su lado.

—Eres la novia de Darío, ¿verdad? Siéntate aquí con nosotras. Yo soy la nuera de Esteban —dijo, refiriéndose a mi cuñado.

Apenas entramos a la fiesta de su sobrino de seis años, en un salón decorado hasta el hartazgo de Batman, Darío me dejó sola. Esteban le pidió que lo acompañara a comprar hielo y en un chasquido de dedos ya ambos se habían trepado al carro.

—No me tardo —su mirada pedía disculpas, pero no permiso para dejarme sola con su familia, con la que tratábamos muy poco.

Así que acepté la invitación de doña-lideresa-traje-rosa-brillante para sentarme en su mesa. Había escuchado de ella, pero era la primera vez que la veía en persona. Era la lideresa de la colonia Tierra y Libertad y, según me había contado Darío, tenía el poder de regalar terrenos, arreglar escrituras y construir mansiones con materiales donados por don gobierno. Saludé con un “buenos días, mucho gusto” a las otras tres mujeres que nos acompañaban: una anciana, enjuta y de cabello corto y blanco, que me sonreía con un par de dientes, con los que muy apenas podía masticar unos chicharrones de harina que tomaba de un plato desechable; al lado de ella estaba una señora que pasaba los sesenta años y que no dejaba de quitarle a la vieja lo que podía casi de la boca: “¡No comas tanta botana, mamá, te hace daño!”; y justo enfrente de mí estaba, distraída en el celular, una jovencita muy arreglada, que llevaba un vestido de estampado de leopardo corto y ajustado al cuerpo y las uñas postizas pintadas de dorado.

—Y Darío y tú, ¿cuánto llevan juntos? —me preguntó la cabecilla de nuestro extraño grupo, la señora-lideresa-siéntete-cómoda-estás-en-familia.

—Tres años —respondí.

—¿Y para cuándo la boda? —preguntó la otra señora, ansiosa de chisme, que ahora le quitaba el bote de salsa Valentina a la anciana.

—No lo sé —dije, nerviosa—. ¿Me puedo servir refresco?

—¿Y por qué hasta ahora te conocemos? —obtuve como respuesta por parte de la lideresa—. No te vimos en la fiesta de Toñito, mi nieto más grande.

—Ese día me tocó trabajar —respondí, sirviéndome Coca-Cola con manos temblorosas.

—Y eres mayor que él, ¿verdad? —preguntó doña-lideresa-bastón-en-mano-mirada-penetrante.

—Así es, ocho años —me adelanté a la siguiente pregunta, porque ya estaba acostumbrada.

 —Y él ya cumplió los treinta —noté que la lideresa hacía cuentas mentales—. Entonces, ¿tú tienes…? 

—Treinta y ocho —dije, de nuevo con la sensación de conocer el protocolo del interrogatorio que, aunque ya me lo sabía, no resultaba menos incómodo.

—Casi cuarenta… ¿Y no piensan tener hijos? —preguntó la lideresa, con una autoridad en la voz que me dejó paralizada. Abrí mucho los ojos, pero ninguna de las mujeres pareció notarlo.

—¡Debes tener muchos hijos! —gritó la chica, apartando la mirada de la pantalla del celular—. ¡Ándale! ¡Ten muchos hijos!

La señora, que estaba por quitarle a su madre un nuevo vaso de champurrado, secundó a la chiquilla, aunque con un tono asustadizo.

—¡Claro que debes tener hijos!

La vieja desdentada, que ahora comía una rebanada de pizza, asintió repetidamente con la cabeza.

—A ver, déjenla que conteste —las apaciguó doña-lideresa-todo-terreno.

—No lo sé —dudé en responder a las cuatro mujeres que veía por primera vez en mi vida, pero el silencio esperaba respuesta—. No queremos tener hijos.

Las cuatro enmudecieron, como si les hubiera lanzado una maldición satánica en pleno festejo. La lideresa hizo un gesto con la boca y movió la cabeza en señal de que lo había entendido todo.

—Eres estéril —dijo. No como pregunta, sino como afirmación.

—¡No! —respondí demasiado rápido, en un reflejo de autodefensa—. O no lo sé… —susurré, hablándome a mí misma— no le he preguntado a mi ginecólogo sobre los óvulos que me quedan…

—A los treinta y ocho años yo ya casi era abuela. A los treinta y ocho años ya no es fácil tener hijos. Tal vez ya no puedes —insistió la lideresa, mientras yo pensaba en que aquella señora de mirada intimidante debía tener dos buenos ovarios para atreverse a preguntar esas cosas tan privadas a alguien con quien jamás había sostenido una conversación previa.

—Yo tengo una sobrina que es estéril —añadió la señora, que ahora movía la mitad de una rebanada de pizza masticada de un lado a otra para que su anciana madre no la alcanzara—. Se llama Antonia Rodríguez García, ¿no la conoces?

Era como si, de pronto, todas las mujeres estériles tuviéramos un club privado donde llorábamos nuestra pena los martes y los jueves a las seis de la tarde.

—No, no tengo el gusto —respondí.

—Pobrecita, intentó de todo —continuó— pero Dios no le concedió la bendición. Ahora tiene seis perros y tres gatos. ¿Tú tienes mascotas?

—Tenemos una perrita. Y queremos adoptar otra.

—Los animales nunca serán como los hijos —dijo la lideresa-versión-el-padrino moviendo una mano como si tratara de espantar esa idea absurda de nuestras cabezas.

La vieja volvió a asentir, masticando con dificultad la orilla de la rebanada de pizza, que había recuperado mientras su hija se distraía con la plática.

—No —acepté— a veces son mejores.

De nuevo, las mujeres callaron. La lideresa-aquí-no-te-creas-tan-inteligente me observaba con fijeza, intentando descifrarme. No me creo superior a nadie, pero algunas veces, en círculos demasiado diferentes a los míos, quizá provoco esa sensación.

—Perdón —dije, nerviosa y un poquito arrepentida de mi comentario anterior— me encantan los niños, pero no creo poder con la responsabilidad de un hijo. Cuando tienes hijos te conviertes en una cuidadora el resto de tu vida, pasas a segundo plano, vives para alguien más. Nunca he sentido la necesidad de ser mamá. Por otro lado, no creo que el mundo requiera de más personas, así como está la situación. Es una decisión difícil, lo sé, pero mientras no me sienta segura, no daré un paso de ese tamaño.

Nos llevaron unas cazuelas con guisos a la mesa y, por un momento, ninguna añadió nada sobre la obligación de tener descendencia. Pero después de servirnos, doña-lideresa-latifundista-dueña-de-media-colonia tomó de nuevo la palabra, esta vez con una actitud ceremoniosa.

—Debes tener hijos —dijo, con la voz calmada, recargando su pesado brazo en el bastón ortopédico—. Ahora eres joven y vives feliz con tu pareja, están todavía en la luna de miel. Pero la juventud se esfumará y aunque no lo desees, te quedarás sola. Morirán tus padres, luego tus hermanos y también tus amigos. Y si acaso tenías una buena relación con tu madre, ya no la repetirás con una hija propia. Probablemente Darío también muera primero que tú, aunque seas mayor. Los hombres aguantan menos; las mujeres vivimos más. De pronto, la luna de miel será reemplazada por una sensación de incertidumbre y de tristeza infinita. Evocarás a la gente que tanto quisiste y que ya no estará a tu lado. Nunca volverás a sentir la felicidad de la compañía de los tuyos. Los extrañarás todos los días y llorarás en tu recámara sin que exista nadie para comprender ni secar esas lágrimas. Pero ahí no terminará tu realidad de vieja. Te faltará la fuerza en las piernas y en los brazos. No podrás subir escaleras ni alcanzarás los estantes de arriba en la cocina. La vista te fallará y no serás capaz de manejar un auto. Vivirás con miedos que nunca imaginaste que llegarían: a caerte en la calle y romperte la cadera; a encender el boiler y quemar la casa; a resbalar en la regadera y morir deshidratada porque nadie te ayudó a levantarte. Tus sentidos ya no serán los mismos y tampoco tus reflejos. Nadie querrá escuchar tus historias porque ya no serás interesante. Habrás perdido la juventud y también la elocuencia. Dejarás de ser tú misma por momentos. No tendrás a nadie que se interese en tus anécdotas, las cuales repetirás una y otra vez, hartando a los pocos que todavía se tomen unos minutos al mes para visitarte. Serás una anciana con una dieta restringida y unos dientes muy débiles, que tendrá que ir sola al hospital cuando se enferme. Pasarás los días en completo aburrimiento, ya sin trabajo ni planes a futuro ni metas, en una casa donde el silencio de voces humanas lo abarcará todo, con un par de perros malcomidos y un montón de plantas medio secas. Serán un saco de huesos esperando a que la muerte te sorprenda. Por eso debes tener hijos…

Aunque las palabras de doña-lideresa-qué-extraño-quizá-estoy-exagerendo-lo-que-recuerdo-que-dijo me parecieron inquietantes, quise dejar en claro mi punto:

—Pero no es correcto tener hijos para que te cuiden de viejo…

—No me interrumpas —me espetó—. Sí es correcto. Los hijos tienen la obligación de cuidarte. No estamos en Estados Unidos, donde los cabrones abandonan a los padres en asilos. Aquí es México, aquí los hijos atienden a los padres y se chingó. Mira a Yolanda, aquí en esta misma mesa, cuidando a su madre de casi noventa años. Y allá están dos de sus hijas y tres de sus nietos. Yolanda debe cargar ahora con su madre, aquí presente, señora que hizo lo suyo cuando fue joven y que ahora vive para disfrutar la comida en las fiestas. Y algún día Yolanda gozará de esos mismos cuidados, y estará rodeada de gente, en una casa repleta de familia. Al menos debes tener un hijo, para que se encargue de ti cuando envejezcas. Ahora no lo ves. Con esa sonrisita desafiante que grita que lo sabe todo, con el gesto burlón de quien piensa que siempre será igual de fuerte, igual de ocupada, igual de joven.

 Las cinco nos quedamos en silencio.

—¡Tener hijos es lo mejor! —insistió la jovencita del vestido ajustado. —Si tienes un hijo, yo te lo cuido.

—Estás muy chava—le dije, para cambiar de tema, aunque todavía sentía la mirada perspicaz de la señora-lideresa-Yoda—. ¿Cuántos años tienes, si no es indiscreción (al menos yo pedía permiso para hacer preguntas incómodas)?

—Veintiuno. Aquella niña de rosa, la que está en el brincolín, es mi hija.

—Órale, ya está grandecita —dije, reconociendo a la pequeña entre un montón de niños que gritaban a todo pulmón, corriendo de un lado a otro, empujándose y aventándose los vasos de refresco en las cabezas.

—La tuve a los quince años. Desde entonces vivo con mi suegra —señaló a la lideresa, quien continuaba mirándome—. Ella nos ayuda un montón.

—Bueno, creo que eso de tener hijos es decisión de cada quién, ¿no les parece? —dije, para cerrar la discusión.

La vieja interrumpió el incómodo momento con un gritito: “¡Pastel!”, y uno de los meseros se acercó a entregarle una rebanada. Su hija, con cara de fastidio, le habló demasiado fuerte: “¡Que no, mamá! ¡Tú ya no puedes comer azúcar!”, pero, dándose por vencida, dejó que comenzara a pellizcar el dulce manjar. Aproveché para levantarme al baño. En los sanitarios le llamé a Darío.

—¿Dónde estás? —dije, con la voz afligida.

—Vamos en camino. Vinimos a recoger a un amigo de mi carnal, acá bien lejos, en Ramos.

—¿Dónde chingados estamos? —pregunté, más bien de manera retórica.

—¿Cómo?

—Olvídalo. Ven pronto, por favor —le rogué.

Al salir del baño, la lideresa-cara-de-mafiosa-buena-onda estaba lavándose las manos frente al espejo.

—Mija, te voy a hacer una promesa —me dijo, mientras sacaba papel del artefacto de plástico para secarse las manos.

—Dígame (poderosa-lideresa-de-la-Tierra-y-Libertad-que-me-ha-incomodado-durante-un-par-de-horas).

—Yo te voy a bautizar a tu primera hija, porque estoy segura que será una mujercita. Conmigo como madrina, no le faltará nada. Aunque tú te mueras joven.

Sonreí, con la sensación de que ya nada podía sorprenderme en aquella fiesta infantil.

—Gracias (señora lideresa-con-voz-amenazante-de-quien-hay-que-cuidarse-pero-a-quien-también-debemos-respertar-y-quizá-en-una-de-esas-hasta-escuchar). Será la primera en conocer la noticia. Incluso antes que Darío —le dije, en broma. Pero a ella no le causó ninguna gracia.

—Trato hecho —me dijo, pasándome un par de toallas de papel.

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