La Soledad en un fantasma

Aurora Alvarado

Hace unas semanas llegó a Netflix Historia de fantasmas (A ghost story). Un filme escrito y dirigido por el director David Lowery (Milwaukee, Wisconsin 1980) y que se estrenó en el Soundance Film Festival 2017. Es una película melancólica y sencilla, que muestra sin ornamentos una trama de lo que sucede en la vida de una pareja cuando de pronto aparece la muerte. Lowery pone en juego a los personajes y deja que la cámara corra en un plano de 4:3 (1.33:1), tomas, que son más cercanas, como si viéramos fotografías antiguas en el álbum familiar. Sin embargo, esta película nos coloca en un punto: el sentimiento de soledad.
Ruidos extraños son percibidos por los personajes sin explicación alguna. Varios filmes, como Los otros y El sexto sentido, muestran un punto de vista que nos permite ver de manera cercana y conocer cómo podría ser parte de esa otra dimensión. Una explicación que los vivos simplemente imaginamos y, al contactarnos con una fantasía de este tipo, nos encontramos con el goce, y más se internaliza en nosotros cuando se cuenta una y otra vez. Por eso siempre nos gusta hablar de espantos y misterios, nos remite a lo inexplicable de la fantasía del más allá. Lo desconocido Rooney Mara como “M” y Casey Affleck como “C”, (los mismos actores de Ain’t them bodies saints, 2013) interpretan esta trama. El director utiliza la elipsis en esta línea temporal del relato, para manejar el tiempo, el eterno dilema del tiempo que nos acerca al olvido. “M” lleva su duelo sin saber de la presencia de un ser que la mira todo momento. Como espectadores, miramos lo que él ve y nos transmite ese deseo que tiene él por consolarla. En ese más allá de la muerte, el protagonista espera y finalmente encuentra una respuesta. “C” es una persona dedicada a la música y esa sensibilidad lo envuelve en una serie de argumentos que lo llevan a anclarse en una postura diferente a la de ella. Las fricciones son claves, como notas musicales que no llevan el mismo acorde.


El director, reveló que la película surgió a raíz de una discusión con su esposa, la cineasta Agustine Frizzell, quién quería mudarse a Los Ángeles mientras él deseaba permanecer en Texas, en una casa de alquiler que al final resultó ser muy parecida a la del filme. Este hecho lo dejó en el desánimo, pero en su mente estaba elaborando una salida: la película. Esto le generó un proceso en su interior que dio forma a un filme de una naturaleza muy particular y con bajo presupuesto. Una joya poética que reúne figuras literarias, entre ellas: la metáfora y oxímoron. Una sensibilidad que se desborda en el espectador, y que no se puede dejar de verla. Tiene un tinte tan sobrio que no necesita más. Incluye “el mirar a través de la ventana” y sentir cómo transcurre el tiempo, el sonido del “rascarle a las cosas” que altera. Presenciar cómo es tratar de acabar con el dolor a través un pastel. Cómo son los celos y el mismo dolor en el más allá. Un fuerte apego hacia la casa en particular. En otro plano, ver al propio abismo de frente y ser devorado por él; que es frecuente en el humano, quizá para terminar con lo tormentoso y el sinsentido. Caer, desaparecer, esfumarse, ante algo tan efímero como lo es la vida. Y también decir que la inmortalidad es finita.
Es interesante el discurso de uno de los inquilinos (Will Oldham) que funge como una especie de oráculo que aborda temas existenciales que tenemos infinidad de veces. Un monólogo pesimista, hasta fatalista en un sentido estricto, pero no lejos de la irracionalidad.
Finalmente llegamos a este mundo para crear, producir y tan tan. Pero en un plano más alentador es para no ser olvidados, ese es el punto más importante de este filme.
En la película Coco (Disney Pixar, 2017) de Adrián Molina y Lee Unkrich, el tema que guía toda la trama es precisamente este: “El no olvido”,vque es lo que mantiene unido el mundo de los muertos con los vivos. Después de ahí no existe nada.
“M” dice: “Cuando era niña, solíamos mudarnos todo el tiempo. Yo escribía estas notas y las doblaba muy pequeñas… y las escondía. Eran algunas cosas que quería recordar, para que, si alguna vez quisiera regresar, habría una parte mía esperando ahí”.
El ser con la sábana intenta recuperar “esto” que fue guardado en el marco de la puerta. Esta escena es una de las metáforas más hermosas de la película. Podría decirse que es una muestra en la pantalla de algo que conlleva a la ternura y nada cercano a lo terrorífico y escalofriante, como suelen plasmar a lo sobrenatural. El director logra sin palabras todo un mundo de emoción que eriza la piel. La tristeza ante el hecho irremediable de la muerte. Pareciera que el ente siguiera teniendo precisamente eso, vida.
Escenas, fotografías, películas de fantasmas tienen un halo peculiar: la soledad, el misterio, lo gris, la niebla, lo melancólico. Algo que está puesto ahí para que forme parte de lo propio de un ente. Es parte de él mismo. Esta melancolía que no se ve, pero que la lleva puesta. Lowery nos plantea la apariencia de este ser en un antes y un después: Su historia.
La excelente fotografía de Andrew Droz Palermo logra captar dichos elementos e inmediatamente me remitió a una fotografía que vi en una exposición en la Galería de la Rectoría de la UAdeC. Fue hace como unos tres años. Al caminar frente a ella, me detuve para admirarla, le tomé una foto y la guardé. Se trataba de la exposición de los cinematógrafos ganadores “La luz del Ariel” AMACC. 2017. En la foto de Roberto Fiesco* se representa la obra rulfiana (escena de “Pedro Páramo, el hombre de la media luna” de José Bolaños), se muestra un espacio en gris, una tumba a ras de tierra, soledad y melancolía. Espacios que albergan los murmullos por un lado y el deambular de los entes en ambas fotografías. En la de Droz el elemento principal está al centro sobre escombros y tierra, esperando, solo. Es por eso que la saco a colación para ver las similitudes.
Lowry comienza el filme: “A cualquier hora que despertara, una puerta se estaba cerrando” (Virginia Woolf. A haunted house). Epígrafe que es colocado como un fino dique que enmarca una pieza de arte. En ese mismo cuento de Woolf: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios», figura que aparece en el filme con gran delicadeza.
No se puede dejar de lado la aportación musical que hace Daniel Hart. “Y me siento abrumado”, el soundtrack principal, es el eje que mueve todo el contexto de la película. Un preguntarse a sí mismo todo el tiempo: “…Pero sabemos ‘tú’ es ‘yo’/ Y me siento abrumado/ No puedo dormir en la noche/ No me puedo convencer/… ¿Ella encontró a alguien más?/ Y me dejó solo/ Solo”. Canción que por días sonó en mi cabeza.
David Lowery dice ser ateo, pero cree en fantasmas. Y esto me lleva a apreciar la clara referencia en René Magritte con la pintura La invención de la vida (1928). De manera sutil nos invita a recorrer con él, en “este atuendo”, a “contemplar” la película y al mismo tiempo, a través de él, su propia casa.
Historia de fantasmas pone sobre la mesa la dimensión del espacio-tiempo. Un salto entre un plano y otro. Dos realidades superpuestas que nos hacen reflexionar ante algo que ignoramos y que conforman el más allá tan cercano e invisible, pero no insensible.

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