La huesuda estampada

Por Delia Galván

Que el diablo se llevó a la muchacha de la fiesta. Que también se apareció en la funeraria de la esquina, en la que ya está cerrada. Que por el río se oye la llorona y cabalga el catrín. Que tenía patas de cabra el aparecido. Que la dama elegante que caminaba por la Alameda no tenía pies e iba flotando. Que ya te dijo mi abuelita que pongas las tijeras en la puerta y en la ventana pa’ que la bruja no se chupe al niño. La gente escucha, a veces atenta y a veces incrédula, pero igual aprieta el paso y se persigna.

De la multitud de espíritus y espectros fantasmales, hay una dama que ni se aparece ni espanta. La muerte no asusta, pero se respeta. No se cuentan sus apariciones porque nomás una vez se aparece, nomás a uno visita, y si lo visita, ese ya no la cuenta. 

Que la muerte anda cerca dice la gente mientras se persigna y escucha cantar al tecolote o llorar a los perros. En el imaginario mexicano la muerte transita en innumerables narraciones para dar fe de lo ridículo de la existencia. La muerte está presente en la gastronomía, la pintura, las danzas, la poesía, en el cine. La relación con dicho fenómeno, nunca es directa; se le puede ver en los cortejos fúnebres y en los panteones; escuchar en el llanto de las plañideras y en chismes de aparecidos; saborear en el pan de los velorios o en los alfeñiques; oler en el café de olla o en la peste de los difuntitos; incluso, es posible sentirla cuando los otros se petatean. Pero la propia muerte nomás se vive una vez, y esa no es posible contarla.

En El ahijado de la muerte, película filmada en los años 40, se retrata la historia de un borracho pobre, pero bueno, que tras el fallecimiento de su esposa recién parida, encuentra en destino a la muerte, quien termina siendo su comadre. Su hijo crece protegido por la huesuda madrina hasta convertirse en leyenda. En esta historia, la muerte es mujer, sierva de Dios y de la fortuna, e igual que en muchas representaciones mexicanas, una vez que ella se asoma, nada hay que la frene. Niños y viejos, poderosos y desvalidos, todos respetan a la muerte.

El mexicano nace con la fortuna grabada. En dicha estampa el hombre es rico o es pobre y eso no cambia. La muerte tiene bien entendida esa suerte, y a pesar de no tener clase social hace evidente su simpatía por los plebeyos. Tanto el menesteroso como la huesuda cargan con un destino que no eligieron. Por dicha razón la muerte empatiza con él, y en un gesto existencialista le salva de su yugo que es el trabajo infructuoso e interminable y del sinsentido de la vida. El hombre mexicano -miserable desde la conquista, pobre desde su negación del pasado español- no le teme a la muerte.

A pesar de lo que se pudiera pensar derivado de la muerte de su madre, el ahijado de la muerte nace con estrella: la suerte y la huesuda lo cuidan; incluso el hacendado le guarda respeto. Sin embargo, su fortuna es la misma: el pobre es pobre y el rico es rico. En un país como éste, incluso el ahijado de la muerte si pobre nace, pobre muere.

En México la justicia lleva careta de calavera. La muerte, esperanza estampada en papel, recorre las calles del pueblo, se carcajea, sabe que nada es por siempre. Pregona el final de los males: la saciedad de la sed, el hartazgo del hambre. La muerte no es ciega, es justa; no es mala, es sierva; no es rival, es cobijo y es calma. Merolico y farsante. Muerte embustera. ¡Pomada para curar amor perdido! ¡Cápsulas para el reencuentro! ¡Polvos de no más pobreza! ¡Ungüento que alivia dolores! ¡Infusión de cempasúchil para carcajadas eternas!

En un país en el que la diferencia de clases nace con su propio nombre, la justicia es el mayor anhelo y el hombre se arrodilla para convertir en redentor a quien cumpla insalvable empresa. La Muerte aprovecha, prepara cremas, lociones, jarabes; cura de empacho, mal de ojo y espanto. Botica infinita, suministro imparcial y constante.

La huesuda amasa pan de muerto, dulces de hueso y alfeñiques blandos; de ahí va al petate y, con chocolate amargo, el cadáver engulle a bocados. El caníbal deseo de atesorar al difunto, el intento de mantener vigente el recuerdo de lo perdido o de ser uno con el que nos abandona, remiten a la antropofagia como constante en las prácticas rituales de los grupos prehispánicos y nos revelan su poder totémico. Diversas narraciones confiesan costumbres en las que, una vez terminados los ritos de ofrecimiento a los dioses, se cocinaba la carne de los prisioneros con granos de maíz o con flor de calabaza. Unido a los hábitos antropófagos, la indagación histórica resguarda también ritos de desollamiento y teofagia: los primeros, dedicados al uso de la piel como si de ropa se tratase, y los segundos, consistentes en fabricar ídolos de semilla para, una vez terminada la ceremonia principal, servirlos de alimento a los convidados. En ambas prácticas la intención totémica se hace presente. El hombre porta la piel de otro con la finalidad de adquirir sus cualidades y devora dioses para hacer propias las potestades divinas. En ese mismo sentido totémico, el hombre es ofrecido en alimento a sus semejantes humanos con la finalidad de dotarles de las gracias que posee como individuo.

Dulce y pan son la simulación de los muertos que la tradición católica sentenció como ayuno. La teofagia prehispánica sirvió a los frailes españoles para abrirle paso a la comunión sagrada del cristianismo. Con el eufemismo llegó el mestizaje, y el arte trajo nuevas formas para inmortalizar lo finito y resguardar lo perdido.

En el taller del artesano -entre la madera, la piedra y el cobre- la Muerte se instala y espera. Manuel Alfonso Manilla, obrero como todos en esa patria prerrevolucionaria, observa a la huesuda que, seductora, aparece en las cantinas y en los bailes. Manuel no sabe más cosa que trabajar con las manos; toma a la calaca, la moldea, le talla los huesitos; escucha en susurros las historias que, danzarina, va recogiendo de las calles del pueblo. Manila es plebeyo y le gusta la gente. Estampa cuentos, juegos y cancioneros populares, noticias y chismes. Irreverente, cuestiona a los ricos, le enoja el corrupto y lo arroja a la imprenta.

La muerte de estampa, fiestera y burlesca, nace con Manilla y adquiere movimiento en la mano de José Guadalupe Posada. Se sale al mitote y le crecen los dientes. Revolucionaria, causa revuelo para juntar regimientos de cráneos. No más estar sola en las hojas, montón de calacas se suman al paso. Grabada en hojas-volantes se adueña de casas y calles. Calaca dientona, sombrero en la mano, recorre a caballo lugares extraños.

La calavera que fuera estática con Manilla, abandona el reposo en la obra de Posada y deja huellas para salvar la dificultad de distinguir la obra de los dos grabadores. Mientras el primero se caracteriza por obras sencillas y cráneos de dentaduras pequeñas; el segundo construye composiciones abiertas y complejas, en las que el equilibrio se logra a pesar de la asimetría. Los personajes del segundo, muestran variadas expresiones faciales y, para lograrlo, el autor se sirve de bigotes diversos y dentaduras gigantes.

Las gráficas de Manilla y Posada agradecen el apego a los difuntos. En la tradición sincrética de las festividades de los muertos, el fallecido regresa para celebrar con los vivos. Sin importar los pecados o el actuar durante la existencia, todo mexicano vuelve una vez al año. Papel de colores y velas conducen al difunto hasta el arco en que los vivos le esperan. El muerto que ahora es calaca, conserva gustos, carácter, profesión y ropa. La muerte es en México igual que la vida, pero en el petate ni el hambre ni el sueño se sienten. Es esta forma de interpretar la muerte lo que permite a los dos grabadores -que coinciden en el taller de Antonio Vanegas Arrollo- ser partícipes de un mundo paralelo; creado por y para las calacas. Hablo del popular entorno que germinó en el grabado mexicano para dotar de voz a los silenciados y que permanece ahí.

El recurso de la calavera, unido al volátil papel de imprenta, dota del poder de igualdad a la plancha del grabador. Entre huesos y cráneos la cara de uno es la cara de todos. La ilusión de igualdad, tan propia del México de finales del Porfiriato, es posible, al menos, en la imagen de la calaca que se reproduce en las imprentas.

En los grabados de Posada las calaveras pelan los ojos, levantan las cejas, ríen y lloran, se enfurecen o gritan aguerridas; pero los sentimientos ahí mostrados se hacen comunes gracias a la imagen unitaria de la muerte. El universal esqueleto permite proyectar las preocupaciones de la vida cotidiana. Buril en mano, el grabador rechina siniestra uña en la conciencia de los poderosos; camina haciendo surcos por las vecindades y los barrios. Como su aliada la muerte, no discrimina, y retrata vivencias de todo el pueblo.

En estampa, la calavera es monócroma. Esconde su verdadero color, mezcla de amarillo y rojo. Mientras en el grabado una tinta basta para multiplicar la muerte, las ofrendas para los difuntos se iluminan entre camote, naranja, mandarina, calabaza de castilla y flor de cempasúchil,

Aun cuando ya hace mucho que Posada y Manila abandonaron la gráfica, ésta sigue presente en la estética mexicana: nostalgia del relieve prehispánico que rompe la rigidez del trazo y regresa con frecuencia a recorrer los temas existencialistas, preocupación y conciencia del pueblo. Cierto que hoy el grabado no es exclusivo del artesano; los artistas académicos dignifican su mirada en los lares del trazo de buril y grafito. En la medida que las escuelas y talleres proliferan, la estampa populariza el arte y dota de continuidad histórica los discursos visuales de olvidadas publicaciones de poca monta; hace justicia, no solamente al pueblo, sino a los grabadores-artesanos que el academicismo enterró.

En la gráfica de México subsisten como rasgos de la estética mexicana, la belleza popular, el folklore y un existencialismo que la muerte dejó de herencia. De la huesuda festiva que aparecía en los volantes, se quedan los vistosos colores que servirán para el estampado a dos tintas. Pero el principal legado de la muerte estampada, es la idea de llevar el arte al hombre sencillo, la justicia social hecha a partir de una técnica que el artesano reclama para los desvalidos. La gráfica mexicana se emancipa de la imprenta y engalana los talleres del obrero. Su espíritu libre, legado por la muerte y por la revolución, impulsa a la estampa a salir a las calles. Sus pliegos de rasgada memoria velan por el desaparecido y por el extranjero; denuncian lo cegado y rompen el silencio de las calles vacías.

Hoy en México, el grabado sigue sin temerle a la muerte.

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