La hora del lobo

Por Abril Schmucler Iñiguez

Apenas se podía distinguir alguna que otra palabra de aquel murmullo. Palabras sueltas, el cuerpo recostado de un lado, luego del otro. Gemidos viscerales.

Los tres hombres, inmutables, la miraban fijamente. En la penumbra de aquella habitación no se podían distinguir sus rostros. María había dicho “somos demasiadas” y uno de los hombres se sintió ofendido. Pero el otro, el más viejo, de barba pulcra y grisácea, le explicó que la mujer estaba hablando de un sueño que la atormentaba, no de ellos, nadie nunca podría hablar de ellos, y le señaló, con los ojos, la libreta que sostenía en sus manos. Entonces, el hombre aludido, escribió: somos demasiados – 3:01 am y, junto a la hora, puso un gran signo de interrogación encerrando la palabra ¿quiénes?

El cuerpo obeso de María se movía con dificultad. Recostada sobre su lado izquierdo, el brazo contrario le había servido de almohada hasta que se dio vuelta sobre la cama, haciéndola crujir en ruidos de una madera cansada. La sábana se perdió entre sus piernas, ahogándose con el peso de la carne que la envolvía. Por cómo se contraían las extremidades de María, se hubiera podido decir que la madrugada estaba helada, pero hacía calor.

El menor de los hombres era también el más nuevo en aquel grupo. Se notaba por la forma en que miraba, de reojo, pero atento, al viejo de barba perfecta, pidiendo su aprobación. Se dijo que debía mostrar iniciativa, acercándose al inquieto cuerpo de María. Quizá, si desenredaba las sábanas y cubría su desnudez, María temblaría menos. Lo intentó, jaló de la tela con todas sus fuerzas, pero la sábana se resbalaba entre sus dedos y el hombre de en medio, con su libreta de apuntes recargada en su pecho, solo esbozó una sonrisa y bajó la mirada. El joven se sintió humillado y avergonzado y se olvidó completamente de María. Quien imploraba en palabras calladas.

Las pesadillas, habló en voz muy baja el hombre más grande, son el encuentro con lo real. Es el intento de disfrazar el deseo que pulsa por ser significado o realizado en un mundo igual de real que el nuestro, dijo, y con las manos hizo un ademán que los encerraba en un círculo.El hombre de la libreta trató de escribir las palabras exactas del viejo, pero se dio cuenta, con pesar, que alguna que otra se le había perdido.

El hombre joven miró a la mujer, recostada ahora sobre el costado derecho. El enorme brazo descansaba sobre sus nalgas y tenía la cara sumergida en el colchón. Una mancha de sudor marcaba el contorno de su cuerpo, como si fuera alguien más, yaciendo debajo de María. La ventana permanecía cerrada y la luz que entraba a través de ésta se deformaba en fractales que dibujaban caminos rotos en el techo. El hombre joven miró hacia la ventana para buscar la fuente de luz, y se sorprendió por la densidad de vaho que la cubría. El calor emanaba de la mujer y no de la calle. La mujer, pensó, debe estar soñando desde el infierno. Deseó tocarla, mover su hombro para recordarle que estaba muy lejos del fuego, pero sabía que, de hacer eso, la mujer despertaría del terror, tan abruptamente, que no podría salir nunca jamás. Ya había pasado antes, según escuchó decir a otro grupo. No era rara la tentación de despertar a estas personas -particularmente a las personas viejas y a los niños- en la madrugada, para librarlos de aquellas angustias que se contagiaban, sobre todo, a los recién llegados. María soltaba unos cortantes aullidos que enfriaban la espalda del novato, pero le aterraba más la idea de dejarla dentro de aquel sueño para siempre, y a él junto con ella.

No dejes que te miren – 4:25 am. Escribió con letra molde, el hombre de en medio y el viejo asintió con la cabeza, orgulloso. Se rascó la barba y miró sin ninguna emoción cómo el cuerpo de María hacía un esfuerzo por respirar, esfuerzo que se hacía evidente en el pesado levantar del tórax. Recostada con el cuerpo mirando hacia arriba, los hombres no se ruborizaron por la desnudez de la mujer.

A las cinco de la mañana, María sintió que la aurora apretaba su pecho, sus brazos y sus piernas y la dejaba inmóvil. En la desesperación, sintió que levantaba una tonelada de tierra y despertó. Un poco de sol asomaba por los reflejos del edificio de enfrente, pero ella seguía en la oscuridad de su desolada habitación. Extrañada, pensó con ternura en Raquel, la niña del departamento vecino. Hubiera querido entender por qué nunca se despertó de esas pesadillas que le había contado alguna vez, cuando todavía podía verla subir y bajar los pasillos del condominio.

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