Hormigas en los ojos

Por Sylvia Georgina Estrada

Sylvia Georgina
Sylvia Georgina


Sylvia Georgina Estrada (Monterrey, Nuevo León) es periodista cultural y editora. Es autora de los libros La casa abierta, conversaciones con 25 poetasEl Libro del Adiós y Pinacoteca del Ateneo Fuente, 100 años.
Su trabajo se ha publicado en periódicos y revistas de circulación nacional, así como en antologías de poesía, cuento y periodismo cultural. 
Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Cuento “Relato a mi hijo” y el Premio de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre”, que ha recibido en catorce ocasiones. En 2014 fue reconocida con el Premio de Trayectoria Cultural que otorga la Universidad Autónoma de Coahuila y en 2020 con la presea Mérito al Periodismo Cultural “Roberto Orozco Melo”.
Es coordinadora del “Seminario Amparán: un proyecto de coworking entre colectivos literarios mexicanos”, apoyado por el FONCA.

Desde Homero y hasta Jorge Luis Borges, la ceguera se ha vuelto una suerte de vehículo para contar gestas heroicas, paraísos perdidos, poemas construidos con el sonido que reverbera en la cabeza.

En su conferencia La ceguera, el escritor argentino hablaba del drama que significa perder la vista paulatinamente y tener que renunciar al privilegio de mirar el paseo del tigre adentro de la jaula de un zoológico, de leer los libros de la Biblioteca Nacional, de escribir. De ese lento crepúsculo, que da paso a un mundo indefinido en el que las formas se confunden y los colores se pierden en una bruma vagamente iluminada, habla La niebla crece dentro del cuerpo, el reciente libro de poemas de Nadia Contreras publicado en 2019 por Puerta Abierta Editores dentro de la colección Parota de sal.

Cuando leí este libro vivíamos en un mundo distinto. Ahora, en medio de una pandemia que ha transformada la forma en que interactuamos con los demás (en 2020 presentamos este mismo título de forma virtual, encerrados en nuestras casas), estos poemas de Nadia Contreras ofrecen una doble metáfora: la de la ceguera, por supuesto, y la del mundo pandémico que ha distorsionado y nublado nuestra visión de la realidad, dejándonos indefensos, a la deriva, cegando las escasas certezas que teníamos.

Hay un término médico que atraviesa buena parte del libro, de hecho, con esta definición arranca el libro: el glaucoma, que es un grupo de afecciones oculares que dañan el nervio óptico y que, de forma gradual, van minando la visión. Leí, en algún artículo médico, otra definición que me pareció escalofriante, el glaucoma es una enfermedad crónica que se produce por una muerte precoz de las células ganglionares de la retina. Sea cual sea la descripción de la enfermedad, hay una sola certidumbre: no tiene cura.

La niebla crece dentro del cuerpo es una estupenda metáfora para el título de este libro que se divide en nueve apartados. El primero, titulado “Las cosas cambian de lugar”, está conformado por poemas cortos que exploran los primeros síntomas de la enfermedad: la blancura que consume las luces brillantes, el olor a pájaro muerto, el cielo rugoso, las hormigas que llenan los ojos.

En el segundo apartado, “Cubrir los ojos con los dedos. Testimonios”, nos encontramos con una suerte de monólogo poético en el que los versos dan cuenta de los padecimientos de distintas personas. Hay un nombre, una edad y un diagnóstico. Aquí la autora ofrece un extraordinario despliegue de recursos que ponen en tensión al lector, que lo coloca en esa línea difusa entre el terror y la belleza, como la fascinación que provoca el baile de la serpiente.

En esa época

Sentía cristales

Dentro de los ojos.

Me los frotaba con fuerza.

Siempre con demasiada fuerza.

A diferencia de su predecesora, en la tercera sección del poemario, “Proximidad del lado oscuro”, hallamos una serie de conversaciones entre la poeta y algunos escritores que padecieron ceguera: el mexicano Josué Mirlo, Astrid Lindgren, la autora de Pippi Calzaslargas, el poeta brasileño Joao Cabral de Melo y, por supuesto, Jorge Luis Borges.

No es mi intención describir cada apartado de este libro. Pero sí quiero destacar uno de los textos más notables de La niebla crece del cuerpo, que es el que corresponde a la penúltima sección del libro y que se titula: “Anotaciones a partir del texto ‘Últimos momentos y funeral de George Sand’ de Henry Harrisse. Aquí, la voz poética se convierte en testigo de los últimos días de la escritora, marcados por la enfermedad, el dolor y la descomposición de la carne.

Hay un cambio de ritmo en estos versos en relación con el resto del libro, evidente no sólo porque se recurre al manejo de la prosa y porque en este apartado la autora describe otra enfermedad, la oclusión intestinal, sino porque se transforma la cadencia del verso, que ofrece además descripciones más cruentas y punzantes.

La fiebre tiene el olor a pájaro muerto. Es el olor de tu abuela cuando le fue imposible cerrar la boca; había llegado al jardín de los que parten. Mastica el cuerpo, acorta la distancia de lo que está inmóvil o temblando.

Con este libro, que se inscribe en una tradición en la que destacan los nombres de Héctor Viel Temperley, Enrique Lihn, Francisco Hernández, Sergio Loo o recientemente Merari Lugo, Nadia nos hace ver lo necesaria que es la poesía para describir el desasosiego humano, pues las palabras que nos entrega la ciencia son insuficientes para explicar qué sentimos cuando nuestro propio cuerpo se deteriora y dejamos de reconocerlo.

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