Galería de un demiurgo (Caprichos)

Por Francisco Muñiz

I

Retraído, tenso y dolido, el hombre que descubrió el miedo. De cabello y uñas larguísimas, aspecto anémico y ojos de pupila muerta. La capucha de una gruesa túnica que no se quitó nunca amenaza con cubrir su rostro. Con el cuerpo encorvado y un rictus trágico fue inmortalizado alrededor de su boca de tiburón, en el paroxismo de su angustia.

II

Descendiente directo de aquel que descubrió el miedo, el estilita sobre su columna de diecisiete metros. Irónicamente no voltea hacia abajo, no saca provecho a su vista de ave. Hincado, posición de súplica, estira hacia arriba sus brazos de lagarto y avienta los ojos en busca de Dios, y repite sus mantras y se muere de hambre, y rehúsa toda tentación en su aislamiento etéreo. Desde abajo es imposible distinguir si se sigue moviendo. Si lo que cuelga es su larga barba o son sus harapos. O si ya solo quedan restos, huesos encimados, después de cuarenta años.

III

De pies descalzos, cuello de cisne y cuerpo de leche, la mujer de sonrisa eterna. Para algunos, sonrisa de sufrimiento; para otros, de escarnio. Lo cierto es que nació riendo, y sus padres se sintieron indignados por la aparente ofensa hacia el dolor materno. Destinada, o más bien aventada, a vagar sin rumbo, grotescamente tierna y risueña, compitiendo por pan duro contra palomas afuera de las iglesias, se le dio fama de loca, de hechicera. Desnuda, lacerada por el tiempo, el viento y la religión, fue apedreada y quemada en nombre santo, y su sonrisa quedó grabada sobre la tierra, en forma de un manantial.

IV

De la misma especie eterna, aunque con otra suerte, el melancólico reposa solitario sobre una piedra. Su rostro, de nostalgia también permanente, apunta hacia un cielo por encima del nuestro, sin que se sepa si cuestiona, si exige, si reprocha, o si más bien se resigna, se lamenta o se abandona. Perdido en sí, en su silencio infinito, sus alas de buitre se despluman lentamente y dibujan un medio círculo alrededor de él. De lejos aparenta ser una enorme polilla. O un ángel caído, a quien se le olvidó el camino de regreso al cielo.

V

Sobre un trono de paja y estiércol, el enfermo. De rostro y cuerpo deformes, como un mamífero que es todos los mamíferos y ninguno, el enfermo batalla para mantener erguida su cabeza de gran cerdo. Una mitad de su cuerpo es velluda y ennegrecida; la otra, lampiña y llagada. Nadie supo qué castigo o maldición llevaba encima, pero por más que se le repudiaba, se le dio la utilidad de probar toda perversión, todo deseo incómodo y reprimido sobre él. Los cuerpos que tocó su sangre o su sudor o su saliva, o incluso su aliento, fueron posterior causa y desenfreno de toda actual enfermedad.

VI

Ante una pared enmohecida, la mujer que da la espalda: la cantante. Grande y anchísima, con voz y afinación de canario, nadie le ha visto el rostro, que lleva siempre cubierto con un denso velo negro. Embutida en corsés mínimos y adornada con ceñidos vestidos color pastel, lleva siempre cuello, brazos y piernas en tonos azulados, verdes y morados, y cuando alcanza las notas altas las varices le brillan bajo la piel gelatinosa, como el interior de una medusa en lo más hondo del océano.

VII

Una cabellera brillante y profunda y una mujer que nació de ella, y que sería recordada como la única leona en el mundo con melena. El sol que cubría su cabeza hacía imposible mirarla por la espalda, obligando así a todo interesado en hablarle a confrontarse con sus ojos felinos. En aquella selva capilar se perdían niños que eran encontrados a la edad de adolescentes, y botines que incontables ladrones escondían durante el sueño de la mujer, para fingir inocencia, recuperarlo a la noche siguiente y escapar. Hubo, incluso, quien quiso establecerse, vivir en un resquicio del peludo paraíso. Pero semejante envilecimiento terminó por llenar a la mujer de garrapatas, y desde aquel momento, hasta su solitaria muerte, la única leona con melena en el mundo tuvo que andar calva.  

VIII

Incómodo, siempre apresurado, rojizo, constipado, inflado y urgido por soplar: el trompetista. Hombre redondo, de piernas pequeñitas, con cachetes de ardilla a punto de reventar. Formaba parte de la orquesta real, hasta que su adicción al soplido lo llevó a perder la libertad: en desacato a las órdenes de su maestro, ensayó y ensayó en su casa, y fastidió a tal punto a sus vecinos, que estos le robaron su instrumento. Al borde del soponcio, el hombre buscó y buscó su primor metálico sin éxito, y en la noche inmediata al robo allanó desesperado moradas ajenas para soplar como trompetitas los dedos gordos de los pies de sus vecinos. Ellos, en un principio, pensando que, por lógica, se trataría de un perro, no consideraron tomar mayor previsión. Pero a la noche siguiente, cuando una señora encontró al hombre soplándole el dedo gordo del pie a su bebé, y gritó de tal manera, todo mundo intuyó ipso facto el linchamiento, y el trompetista rodó y rodó pueblo abajo, para terminar dentro de una enorme camisa de fuerza, y quedarse para siempre, con los cachetes inflados, en el manicomio. 

IX

El pez por la boca muere, y el mentiroso vive del mal hablar. Y cuando el mentiroso boca de pez tiene, entonces, se sabe, morirá si no deja de hablar. Es el caso del hombre de las mil vidas, que ni una sola se contenta en mantener a flote. Va con su boquita que se abre y se cierra instintivamente, y le dice a su primera mujer que es ingeniero, y a la segunda que es doctor, y a la primera la quiere curar de insolación y a la segunda le construye un masajeador de pies a motor. Y así el tiempo pasa y la boquita no para, y el nombre de la primera es el de la tercera, y el de la octava es la primera parte del de la sexta, y entonces el mentiroso, cuando un día por fin se calla es porque se le escapa haber citado a tres esposas juntas, y cuando las tres le preguntan, respectivamente, «quiénes son esas viejuchas», el mentiroso tartamudea y el agua de la mentira se evapora, y entonces se rompe la pecera y el hombre amanece a la orilla del río, maniatado con tres sostenes y con un pasador atravesándole la boca.

X

El historiador reposa en el centro de la galería. Es un hombre muy sabio, de incontables años y estudios y grados. No necesita, jamás ha necesitado, otra cosa más que la pluma y el papel en mano. Sentado en su inmensa silla de cuero, mira de frente al tiempo, a sus variados rostros de mármol; se acomoda los lentes, hace una primera letra, un garabato portentoso, y escribe hasta el cansancio; hasta que la pluma ya no pinta o la imaginación se le ha secado. Entonces, se levanta y deja el mundo, la galería; continuará mañana. Siempre desde el centro. Para no olvidar rostros, sucesos: la Historia. Y todo lo que ha inventado.

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