Firma de contratos

Por Aurora Alvarado

––Dame cinco minutos para decidir si voy a firmar la propuesta o me quedo en casa en esta contingencia ––me dijo ella.

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La Secretaria de Desarrollo Urbano me había dicho que iban a abrirse oportunidades para licitar proyectos. Pero como era bien sabido, hacer un esfuerzo me iba a causar decaimiento, porque a todos los rechazaban. Quedaban los de las grandes firmas, los de siempre.

––¿Qué te parece, te animas?

––No pierdo nada––. Le dije a la secretaria federal.

Yo me había hecho amiga de uno de las grandes firmas. Y en plan de “por debajo de la mesa” me pasaba cierta información que me servía. Sabía cómo se hacía todo el proceso y por algo me ayudaba a agilizar el movimiento.

***

Me encontraba en Saltillo, acalorada y con un fuerte dolor de cabeza. Todas mis opciones estaban casi nulas y mi ánimo no estaba para menos. Recién acababa de llegar de un recorrido por la zona lagunera. Unos hombres trajeados me contrataron para que hiciera un trabajo de sondeo en la región. Acepté y recorrí cada municipio. Llevé mi equipo de trabajo, nos organizamos y logramos sacar la información que me pidieron. Lo que más me gustó fue que la gente era muy linda. Al principio, los lugareños se mostraron un poco desconfiados cuando supieron que iba de Saltillo, pero cuando supieron que el proyecto era federal, les cambiaron las facciones de su rostro. Alegres y cooperativos. Me ofrecían comida, agua de melón y uno que otro refresco bien helado. Los que más me encantaron fueron los sampetrinos. Gente amable y contenta. Cada vez que voy me reciben con mucho cariño. Recuerdo al maestro Carlos, que recorrió conmigo la casa en donde vivió Madero. En esa misma región me mostró la enorme cantidad de petroglifos rescatados de las administraciones pasadas, ya que es una zona de fósiles prehistóricos. Llevábamos nuestros refrescos y mi cámara fotográfica en dónde tomé varias fotos.

La información recabada la había hecho precisa para que, con sólo leerla, supieran de los datos que a ellos les interesaban. Era sobre algunos apoyos estatales y federales. Lo demás era sólo para mí. Me había hecho a la idea de que iba a disfrutar de mis viajes, hacer el trabajo, entregarlo y los paseos al igual que todo eso, de lo que se nutre quién conoce lugares y gente nueva, era lo que más me importaba, sin dejar de lado mis honorarios. En cierta medida me hice al molde. Pero también veía que todo se postergaba para el después y después.

***

El arquitecto Gonzalo me explicó todos los detalles para hacer las propuestas y llevarlas con la secretaria. La vi dos veces. Una persona bastante ocupada. Bastante hermético todo. Todos los de su alrededor miraban como si tuvieran ojos de escáner.

Yo quería hacer una placita cerca de un vecindario en donde había detectado cierto abandono. Un ejido muy lejano, cuya gente humilde carecía de alumbrado, agua, lugar de recreación y vigilancia. A los niños los veía jugar en los baldíos terrosos y a sus balones, ya ponchados, atrapados entre los mezquites. Un día me acerqué con ellos y les pregunté qué era lo que más querían que les construyeran en ese terreno, y señalé el baldío. Me respondieron al unísono: “¡Una plaza con cancha de fut! ¡Con bebederos y muchos árboles!”

“Mi mamá me dice que a ella le gustaría un lugar con mucha sombra de árboles, para sentarse y verme jugar”, me dijo el que tenía unos ojos grandes con pestañas largas y chinas y su piel manchada de sisotes. Sentí ternura y me dije a mí misma: Esto algún día lo haré.

Pasaron dos años y no pude hacer ninguna licitación. Todas me las rechazaron. Y a la secretaria ya no la vi. El arquitecto Gonzalo salió de viaje al extranjero y de pronto me llamó por teléfono para decirme que recién había llegado a Saltillo y que quería hablar conmigo.

––Ya cambiaron las formas. ¿Quieres seguir en el proyecto? ––me preguntó con cierto tono apresurado.

––Creí que te había tragado la tierra. ¿De qué me hablas?

––Hay oportunidad de sacar proyectos. ¿Te animas? Ahorita voy para Monterrey.

Me encontraba con mi tren de vida lento y pasajero. Mis planes parados en seco. Alejada de ese mundo cerrado y manoseado.

––Hay una licitación para Sa Pedro de las Colonias, ¿la quieres?

Me levanté del sillón como chapulín. Y me dispuse a rememorar cada detalle de ese proyecto en pausa.

***

E Arquitecto me dejó en mi casa. Me tumbé en el sillón y repasé lo sucedido:

En un momento estoy tranquila viendo la tele y al otro estoy sentada frente a un hombre que quiere parecer lo más buena onda, lo más bajo de perfil, pero es lo contrario. Esto en un edificio lujoso de ocho pisos, con guarura en el lobby con cara de pocos amigos. Recibo el documento firmado, es el permiso. Se me parte el alma, cuando tomo conciencia de lo que significa eso. Podrían cumplirse más deseos como el de ese niño con sisotes que anhela una cancha de fut bajo la sombra de árboles, y que sus mamás los vean jugar.

***

Era parte de la historia que le envié a mi futura actriz. Y así comenzar a realizar el guion de mi próxima película a lado de Charlize Theron. Le hice una propuesta y aceptó.

–– ¿Qué te pareció querida?

––Acepto. Me gusta la historia. Gracias Guillermo, será un placer volver a trabajar contigo.

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