Esa tarde vi llover

Por Carlos Mata

Aquel distante reflejo apareció después del amanecer. Había salido de la pequeña comunidad cuando las estrellas aún brillaban en el cielo. Llevaban días sin agua. Al hambre podían engañarla durmiendo, pero la sed no daba tregua. Quien sufría más era su hermano menor. Lloraba cada que su madre intentaba saciar su sed dándole sus pechos flacos y no salían más que unas gotas de leche. A diferencia de su hermano, ella ya toleraba un poco las sequías. Había crecido en medio de ellas y podía soportarlas, pero un bebé no. La última había durado ya casi una semana. Por eso, cuando su madre le extendía su porción de agua, ella solo mojaba los labios o bebía un pequeño sorbo y el resto lo vaciaba de vuelta a la vasija de barro donde la almacenaban, así su madre podría beber más y alimentar a su hermano.

Supo que el reflejo que veía a lo lejos era agua porque se parecía a las cosas que su madre le había contado. No mucho tiempo antes, según los cuentos de su madre, existieron lugares donde el agua corría sin terminarse, otros donde se quedaba junta en un solo lugar, como un charco, pero tenías que correr mucho a su alrededor para darle la vuelta, y otros donde había tanta agua que parecía que la tierra terminaba y nacía otro cielo. Le había contado que estos lugares eran como espejos y que los muertos los usaban para verse desde el cielo y recordar cómo habían sido en vida. A veces, le dijo, sus reflejos los ponían tristes o alcanzaban a ver a alguno de sus seres queridos y comenzaban a llorar, lo que provocaba la lluvia. Ella nunca había visto la lluvia, pero siempre que el cielo se ponía gris, salía de su casa junto con su madre, abrían los brazos mirando hacia el cielo, esperando que alguien las viera.

Al recordar esto, esbozó una agrietada sonrisa. Eso que veía era como su madre le había contado, un reflejo del cielo en la tierra. No llevaba algo donde cargar el líquido, pero ahora conocía el camino.

El Sol alcanzó el cenit y el reflejo aún se veía lejos. Pensó que tal vez se debía a que sus pasos eran cortos y por eso aún no se había acercado lo suficiente. Además la sed la volvía lenta, pero no había tiempo para descansar, necesitaba regresar pronto y llevar a todos hasta el agua.

La tierra estaba encendida y la grava se metía entre sus dedos como pequeñas brasas. De pequeña esto le lastimaba y su madre cargaba con ella, pero cuando nació su hermano tuvo que acostumbrarse a caminar. Buscó un lugar donde cubrirse del sol, pero la escasa hierba que ahí crecía apenas le llegaba a los tobillos y los troncos que encontró yacían podridos en el piso. Era un lugar muerto donde no vivían más que los insectos. La última vez que vio un animal vivo fue cuando los buitres se comieron el cadáver de su perro.

Siguió caminando hasta el crepúsculo. Aquel reflejo que había perseguido desapareció junto con el sol y en su lugar solo hubo oscuridad. Intentó mantener el paso, pero la sombra inmensa de una noche sin luna se lo impidió. Temía perder el rumbo, así que decidió esperar. Se recostó sobre la tierra aún caliente y observó las estrellas. Más de una vez había intentado contarlas, pero siempre se quedaba dormida antes de terminar. Su madre le contó en una ocasión que las estrellas eran los ojos de sus antepasados «uno, dos”, y que solo podían verlos de noche «trece, catorce» porque en el día el sol opacaba su brillo «veinticinco», veintiséis». Trato de pensar en quién podría estar observándola, pero no se le ocurrió nadie. Esa vez tampoco terminó.

Al despertar se encontró con un amanecer púrpura. El calor se había disipado durante la noche y un leve viento removía el polvo del suelo. Se puso de pie, sacudió su ropa y levantó la vista buscando el reflejo. Miró hacía un lado, hacía el otro. Nada. El cielo no se reflejaba en ningún lado. Buscó sus huellas para saber en qué dirección había caminado, pero estas también desaparecieron. Su respiración se agitó. El llanto seco lastimaba sus ojos y en cada sollozo un poco de tierra entraba en su boca.

Caminó hacia donde parecía salir el sol. Los sollozos cesaron poco a poco y la sensación de que le apretaban el estómago desapareció. Descansar le había hecho bien, se sentía más ligera y la sed se había esfumado. La grava ya no lastimaba sus pies al caminar. Además, el sol apenas se asomaba por el horizonte, no la molestaría por un rato.

El cielo había pasado del púrpura al rojizo, cuando de nuevo vio el reflejo en la tierra. Esta vez era más grande y parecía moverse junto con sus pasos. Sonrió. Comenzó a correr. La tierra había dejado de ser áspera, con cada paso sus pies se hundían un poco y la arena fría se pegaba en ellos. Un olor parecido al de la olla de barro llena se volvía más intenso conforme avanzaba. Nunca había sentido un aire tan pesado y frío.

Se detuvo cuando llegó a la orilla. Trató de ver donde terminaba el reflejo, pero su vista no llegaba al final. A pesar de las historias, nunca imaginó que algo así pudiera ser tan grande. Puso una rodilla en la tierra seguida de la otra. Metió una mano en el reflejo y una sensación cálida la rodeo. Puso ambas manos en tierra y se inclinó para beber, pero se detuvo. Frente a ella apareció una niña, de ojos grandes y opacos. Sus labios eran blancos y tenían grietas, entreabiertos dejaban ver sus dientes amarillos, le faltaban dos, y también su lengua, que era una masa pálida y seca. Se inclinó un poco más para verse mejor, pero la imagen desapareció. En su lugar vio a su madre, tenía un brazo levantado y con el otro cargaba a su hermano. Por un momento pensó que la miraba e intentó llamarla, pero no la escuchó. Quiso tocarla, pero en cuanto lo hacía, la imagen se borraba. Se dio cuenta que no era más que un recuerdo. Y lloró.

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