Entre cuatro paredes

Por Rox Urbiola

Esta casa se cae a pedazos. No, no es una metáfora: es literal. A veces he despertado en una noche de lluvia, sobresaltada por el chisporroteo de un corto circuito que ilumina el patio. Los fusibles no tienen palabra de honor frente a los arranques de la furia eléctrica que gobierna esta casa a su antojo. Ayer, me he asomado debajo de un lavabo que gotea solamente para descubrir que la tubería está picada y cubierta de óxido. Camino por el pasillo, recorriendo con los dedos el mapa formado por la humedad en las paredes salitrosas y desconchadas, hasta detenerme frente al enorme agujero en el adobe.

Alguna vez soñamos con encontrar un tesoro escondido en las paredes de esta casona. Guiadas por misteriosas señales, emprendimos una furiosa batida con barreta, cincel y marro, hasta convencernos de que era solamente otra ilusión que se volvió caliche y escombro. Mamá me echó la culpa. Dijo que todo había sido otra de mis estúpidas ideas, que más me valía aprender albañilería, ya que no me daba la cabeza para hacer algo de provecho en la vida.

Me dirijo a la alacena y saco mi caja de herramientas; a pesar de todo, me he dado maña para arreglar cables, reconstruir huecos y aplanar muros. Solamente es cuestión de tabiques, arena y cemento. El lavabo irá después, hoy no puedo arriesgarme a llamar al plomero, tal como está la situación. Enciendo una linterna para observar el interior polvoso, desmoronado, lleno de arañas sorprendidas por la intempestiva visita.

Miento. La verdad es que nos recriminamos mutuamente. Nos miramos con las caras enrojecidas por el esfuerzo, nos gritamos, manoteamos al aire, manoteamos una contra la otra, y al final, lloramos amargamente nuestra ingenuidad. No solamente no teníamos dinero para reparar los techos, la instalación eléctrica, las tuberías, la herrería, el pasamanos; acabábamos de sumarle otro hueco más a nuestro, ya de por sí, exiguo presupuesto. Quedó este agujero como monumento a nuestra desesperación, y cada vez que lo veo, se me encoge el estómago, y la odio por haberme hecho rascar la pared de ese modo.

Comienzo a cepillar el interior, sacando lo más posible el polvo, agrandando todavía más el hueco. Recuerdo que cuando era niña me despertaban en la noche sus gritos. La escuchaba azotar cajones, dar portazos, romper platos. También escuchaba la voz de papá, tratando de explicarle por enésima vez, que todavía no le habían pagado lo del otro asunto, pero que tuviera confianza, que pronto iba a salir el dinero. Ella contestaba con un aullido que de dónde fregados iba a salir lo de las colegiaturas, que los niños necesitaban zapatos, que no regalaban la comida, y comenzaba de nuevo la jornada de azotones y vidrios. Yo me quería morir. Tocaba en la oscuridad la pared junto a mi cama, y sentía los bordes desconchados, llenos de salitre. Mis lágrimas se mezclaban con el polvo y los terrones, y a cada portazo, clavaba más las uñas, tratando inútilmente de llegar a otro lugar, hasta que me vencía el sueño.

Calculo que, si agrando unos treinta centímetros el lado derecho del hueco, podré acomodar sin problemas el costal adentro.

Mi hermano se fue antes de que falleciera papá. De por sí casi no venía antes, pero desde hace quince años solamente le manda un arreglo de flores por el Día de las Madres. A veces, cuando llamaba, le preguntaba a mamá si quería que se lo pasara. Ya dejé de preguntarle, dice que no la entiende, que no la escucha. Tampoco envía dinero, así que nos hemos tenido que ajustar con lo de la pensión.

Voy por un par de cubetas de agua para comenzar a hacer la mezcla. Mi hermano nunca quiso ayudar a papá a hacer las reparaciones, por lo que yo pasé a ser su peón y aprendiz oficial. Me encantaba pasar tiempo con él, aunque fuera en la azotea, reparando las goteras bajo un sol que resquebrajaba mi piel y hasta el impermeabilizante. Bajaba adolorida y requemada, pero no me importaba, hubiera hecho lo que fuera con tal de no verla por unas horas.  

Miento. Me encantaba ver la cara de admiración que ponía mamá, por lo valiente que yo le parecía por subir a la azotea y ayudar a papá. Nos preparaba agua de limón y le platicábamos cómo se alcanzaba a ver tan lejos desde la azotea de la casa, que inclusive se veían bien cerquita las torres de la iglesia del Carmen, y decía que a lo mejor un día se animaba a subir con nosotros, nomás que la ayudáramos a agarrarse bien, porque a ella las alturas le daba miedo. Nunca se animó. Por eso aprendí a reparar tantas cosas, no quería que pasara miedo, no quería que ella sufriera; pero cuando discutimos, le grito que yo tengo que hacer todo porque ella es una inútil, y veo sus ojos resquebrajados por el dolor y las lágrimas.

Mis lágrimas caen en el cemento y la arena.  Ayer comenzamos a discutir otra vez, mientras le servía un plato de comida. Hecha una furia, lo aventó al suelo, y cuando escuché el ruido de los pedazos de loza, estrellándose, regresaron a mi cabeza los gritos, los portazos y me abalancé sobre ella. No creo que tenga necesidad de rascar más, con los años se hizo pequeña y enjuta, así que calculo que cabrá perfectamente en el hueco del muro. Miento. Es el tiempo, es la vejez lo que ha destruido la pared. Me mira desde su silla, con los ojos nublados, sin entender por qué el plato está en el suelo. Comienza a llorar y hay cosas que yo no puedo, no sé reparar. Le explico que todo va a estar bien, que tenga confianza, que ya conseguí el dinero. Que acabo de encontrar un tesoro en un hueco en la pared, todo un costal de dinero. Se le iluminan los ojos, como un enorme destello.  

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