En vela

Por Indra Cano

A media empedrada las diviso. Van todas con la falda bien planchada hasta la pantorrilla, la blusa de manta con sutiles bordados en el cuello, los zapatos de plástico con lodo pegado a la suela y el mandil que nunca las abandona. Entre cinco cargan la peana que sostiene una figura de yeso, de un metro y medio, atiborrada de globos coloridos y chillones, juguetes colgantes, telas y encajes tiesos que adornan y ofrendan al cuerpo y rostro del Divino Niño Jesús, la única protección del pueblo.

Algunas mujeres rezan y cantan mientras levantan las palmas, otras cuidan que la cera de las velas que llevan encendidas no les caiga en las manos y, las que quedan, intentan contener la respiración para no falsear en su encomienda de cargar al Niño. A lo lejos son un mismo susurro. Pienso en alcanzarlas, y cuando veo ya estoy al lado de Doña Chepa, acompañando el rezo. Se dirigen al descampado.

―Es Evangelina con sus delirios otra vez. ―Me dice al oído Doña Chepa.

―¿Evangelina? ―Pregunto. Llevo poco tiempo viviendo en el pueblo y los nombres y caras aún no me resultan del todo familiares.

―Sí, Evangelina. La que vive en el descampado al pie del cerro. Ella, la que llega siempre tarde a misa. La de las ojerotas y las arrugas en la ropa. La de los delirios.

Por más que busco en mi memoria, me cuesta evocarla y dibujarla en la mente. No tengo idea de quién sea Evangelina y mucho menos del porqué de sus delirios. Cuando intento acercarme a Doña Chepa en busca de más respuestas, Alfonsina –la hija del carnicero– me pasa un sahumerio, lo que significa que me han aceptado y otorgado una encomienda en esta ajena peregrinación.

Al unísono, las mujeres rezan Divino Niño Jesús, bendícenos, Divino Niño Jesús, escúchanos, Divino Niño Jesús, consuélanos, Divino Niño Jesús, ayúdanos, Divino Niño Jesús, protégenos, Divino Niño Jesús defiéndenos, Divino Niño Jesús, en ti confiamos. En tanto, una de las mujeres que carga al Niño se detiene un momento. El aire se le ha ido y pide un reemplazo. Alfonsina tomará su lugar, la esquina derecha de la peana. Otra mujer, que viene en la orilla también pide un descanso. La mujer que cargaba la peana, y que ahora fue reemplazada, inhala con fuerza, y dirigiéndose a mí habla: El Niño Jesús la reconforta. A Evangelina. Dice que en las noches le reza y le canta, y el Divino Niño le sonríe y la luna alumbra más. Y con tanta luz, el miedo y las voces desaparecen.

―¿Las voces son el delirio de Evangelina? ―Pregunto a la mujer, con la discreción que alcanzo a tener.

―Sí. Siempre dice que vienen desde el cerro. Por temporadas vienen y la espantan. A Evangelina la espantan mucho. Por eso le llevamos al Divino Niñito. Para que le reparta protección y, sobre todo, para que no salga a andar Evangelina. Varias veces se ha hecho la valiente y sale a andar. A buscar a las voces al cerro.

Doña Chepa anuncia que el breve descanso ha terminado, que aún falta un buen tramo y no queremos que nos agarre la noche en el regreso. Avanzamos, la mujer que cargaba la peana pero que ahora descansa camina a mi lado.

―Es que le mataron a su muchacha. A Evangelina le mataron a su muchacha. ―Apenas su voz traza las palabras ―Se la mataron, y dicen las malas lenguas que hizo de todo para traerla otra vez a nuestro mundo, pero que de nada sirvió más que para traerle esos delirios.

―¿Y hace cuánto sucedió eso?, ¿se sabe quién la mató?

―Uuh, ya tiene rato, muchacha. Pos no, no supo. A partir de ahí fue que comenzó a culpar a las voces del cerro que recién aparecían. Decía que ellas se la habían matado.

―Qué complicada es la muerte ―pude apenas decir entre tanta confusión que me ocasionaban las palabras de la mujer.

―Complicada la hacen los vivos, ―respondió segura―porque la muerte en sí es solo para el cuerpo. La muerte es cerrar los ojos y nunca más volverlos a abrir.

―Pero una sufre. Una tarda en estar bien y en superar el dolor a su manera. ―Intenté defenderme.

―Lo que le duele a una no es el cuerpo, ni aunque se le llore mucho, lo que duele es que le echan tierra también a los recuerdos.

Vuelvo la vista al suelo. Cada vez entiendo menos. Enlisto lo que sé: vamos a la casa de Evangelina, al descampado, vamos a dejarle al Niño Jesús para que disminuyan sus delirios, como lo llaman las mujeres, Evangelina tenía una hija, tenía una hija porque la asesinaron, Evangelina se siente protegida si tiene la figura del Niño Jesús en su casa. La mano se me acalambra luego de cargar durante un buen rato el sahumerio, pero aun así avanzo, como lo he hecho desde que vi a las mujeres en la empedrada. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero el pueblo ya queda un tanto lejos. Lo único que da cuenta del paso del tiempo es el suelo que constantemente cambia. Hemos pasado de concreto a piedras, y ahora a tierra. Mis botas, me digo quedito, pienso en ellas, en lo que me costaron y en lo que me costará que el boleador que pone su puesto en el parque me las limpie. Avanzamos y un nuevo olor nos alcanza. A pesar de que no lo identifico con exactitud, mi nariz lo clasifica en lo desagradable, incluso más que el olor del drenaje de unos momentos atrás.  Huele a pollo quemado, confirma la voz quejosa y sin aliento de Alfonsina.

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