Efímero

Por Alberto Mendoza

Lo sentí por primera vez en la noche. Noté cómo fracturaba toda tranquilidad y transformaba mi cuerpo, dándole una sustancia acuosa, haciéndole creer que se desbarataría al instante y que sería absorbido por el colchón. Estuve en este estado casi catatónico hasta que Teresa regresó del periódico. La sensación se incrementó hora con hora hasta que el sonido de las llaves estrellándose contra la mesa y la luz del baño encendida frenaron la adrenalina para que pudiera recuperar mis cabales. La presencia de Teresa desapareció en la habitación de al lado sin percatarse de que yo seguía despierto o de que hasta hacía cinco minutos me dominaban los nervios. Pero por fin trajo la paz para que recuperara el sueño.

Salgo del Departamento de Lenguas Modernas de la universidad. Tuve que soportar la jornada entre bostezos y las miradas extrañadas de mis colegas. Hice un par de traducciones, erróneas todas, para las clases de la semana, como si la sola ocupación me ayudara a distraerme del reloj, esperando únicamente que fuera la hora de ir a casa. En el camino, abordo del autobús, me siento contento sin una razón aparente; es la sensación de bienestar liberando endorfina, pues sabe que el sofá y la televisión se aproximan. Me desborda la felicidad de estar vivo sin necesitar otro pretexto.

Casi ha oscurecido por completo al llegar a casa y con ello mi entusiasmo decrece. Atravesé media ciudad como lo hago todas las semanas (dos veces por día: ida y vuelta). Me arrincono en cuanto llego y me cubro el rostro con los cojines. Hay un segundo despertar y éste es más pesimista. Siento que aflora una versión mía menos estable, pero que se considera más plantada en el mundo, o que ha terminado por asumirse como el yo racional y busca en la lógica su continuidad en el universo. Sus hilvanaciones, sin embargo, son más propensas a destruir el presente; no hay señales del futuro en todo esto.

Permanezco de pie junto a la cama luego de haber tenido un sobresalto que me hizo salir disparado de entre las cobijas. Es casi la medianoche y el tiempo está cronometrado como en las películas: es la hora de los fantasmas. Presiento una clase de abandono. No sé por qué tuve que verlas de nuevo. Teresa es quien las toma y ella cae rendida como un ángel en la madrugada tan pronto su cabeza golpea la almohada. Lo reconsidero, además tengo mucho tiempo hasta que amanezca, un ángel no sería capaz de ver todo lo que ve Teresa sin inmutarse. No lo soportaría. ¿Un demonio tal vez? No. El que ahora Teresa sea más insensible obedece a la necesidad de pagar la hipoteca y nada más. De otra forma, ya hace tiempo que habría renunciado a presentarse en la redacción del periódico, en lugar de esperar cámara en mano a que algo suceda, a que se active la alarma o suene la llamada que la haga subir al Volkswagen junto con el chofer de la empresa para llegar del otro lado de la ciudad (como yo lo hago a diario para dar clases).

Los humanos somos como muñecos. Un empaque, un globo de plástico relleno de agua roja que truena bajo la mínima presión. Cuidado con ser salpicado. Me desmorono ante un pensamiento rumiante que muestra cuan caduco soy. No se diga quedar debajo de un camión colectivo sobre una avenida principal. Estamos integrados por un montón de cables que perderán toda conexión. Al final es eso: o tu cuerpo se destruye o tienes suerte si solo lo dejas vacío y extravías la cordura para no volver a pensar. Difícil elección.

Pienso en cuántas palabras hay para muerte en otros países, y me pregunto si todas ellas se refieren a una condición finita. Conozco varias culturas por los libros y en más de alguna encuentro promesas que no sé si llegado el día se cumplirán. Teresa está familiarizada también con muchas culturas porque las ha visitado, pero a ella esa recompensa parece no interesarle. Mientras preparo una clasificación semántica, pienso que Teresa sólo comprende el lenguaje gráfico: una imagen vale más que mil palabras sin importar el idioma.

Siento que pierdo un poco la razón. Es la hora indicada. Mi organismo responde a una nueva rutina. Sabe que es momento de temblar y me doy cuenta, de a poco, que puedo morir en cualquier momento: hoy, mañana, dentro de treinta años. Pero la notificación ha sido entregada a mi espíritu, si es que lo hay. La falta de sueño altera el estado de vigilia. Me prometí no volver a ver las fotografías. No hurgar otra vez en las cosas de Teresa, en ese maletín que oculta dentro del clóset detrás de las botas. Es muy tarde. Aunque mantenga el juramento, mi cabeza ya no da marcha atrás a las imágenes. No puede regresar hacia la simple aceptación de que la vida sigue, no cuando ha descubierto otra cosa más (u otra cosa menos). Es el temor de no saber si eso es todo lo que habrá, si estamos hechos de algo más que piezas removibles.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *