De la poca probabilidad de encontrarse a alguien como Ana

Por Froylán Romero

DE LA POCA PROBABILIDAD DE ENCONTRARSE A ALGUIEN COMO ANA POR LA DESCRIPCIÓN DE CIERTOS PERSONAJES DE LA VIDA COTIDIANA DE FROYLÁN III Y CÓMO ÉL LO NARRA

Jamás, entre esas calles, hubiera podido siquiera imaginar encontrarme a un personaje como ella. Había conocido a Fernando, el “Cascos”, un vago incorregible, buen amigo, hombre enfermo por el fuego de Jesús, el cristo. Tenía más de veinte años viviendo en la calle. Se ganaba el pan vendiendo periódico y sacando diablos de una bodega en Artículo 123. Así pasaba los días, disfrutando de la manera más simple y llana la vida, escuchando sus programas de blues en la radio, el especial de los Beatles en Universal Stereo o acumulando día a día basura, cartones, plástico y fierro que algún día llevaría a vender por kilo.

— El hombre del mañana —le decía.

Sólo cuando encontraba una pieza entonces sí la vendía. No se esforzaba mucho por conseguirla, tenía ángel. Tal vez en algún rincón de su mente se escondía la confianza de que, si repetía el camino del Mesías, nada podía alterar el camino que él mismo se había trazado. Viviría como El Salvador, soportando los tormentos que se viven en la calle, a la intemperie, que por ser tantos y de naturaleza tan vasta, ocuparía muchas páginas enteras.

            Luego estaba aquel borracho que se acercó ya entrada la noche en la curva de Churubusco y Tlalpan. ¿Por qué siempre esperaba, aun no siendo muy consciente de ello, este tipo de encuentros con desconocidos, en particular, personas extravagantes? Su casa estaba a unas cuantas calles más adelante de donde yo trabajaba. Era un pequeño departamento en las afueras de Coyoacán, en el paisaje limítrofe que resalta los contrastes de las fronteras. Antes de llegar compré un panalito de Tonayan y cigarros. No había luz. El inmueble, como a la mañana siguiente pude comprobar, era el típico hogar de familia abandonado al vacío de un dipsómano consumado. Las conversaciones a solas y los impredecibles gritos del delirium tremens no me dejaron pegar ojo toda la noche.

Y qué decir de Klimt, la primera historia que me estremeció el seso. Tal vez esa era la razón por la que buscaba, de manera inconsciente, estos encuentros fortuitos. Los malos hábitos que uno adquiere al leer sus primeras novelas. El australiano que trabajaba en las minas de su país ahorraba y viajaba por el mundo. Tenía un taller donde producía DMT.

—Nada que ver con lo que pasan en las series de la TV, en realidad es muy peligroso —decía.

Se acercó.

—No sabes dónde puedo conseguir algo de weed.

Estaba secando mis libros del tremendo aguacero que cayó. Unos danzantes prehispánicos seguían con su baile. Hizo una broma de cómo brincaban los senos de una de ellas.

Klimt llevaba short deportivo, huaraches de buena ralea y una camisa de manga corta a medio abotonar. En su mano derecha tenía un caballito con un último trago de tequila que vació al momento.

Llegamos a una de las calles que salen al metro Pino Suárez, había dos vagos, su jacal tenía como techo unas cobijas viejas sostenidas por todo tipo de palos de madera y varillas. Frente a ellos, encima de una bocina, un teléfono reproducía una película, estaban echados, uno de ellos por ningún momento se distrajo de lo que sus ojos veían. El otro, un chico más bien escuálido, sin una pierna y en muletas, se levantó. Preguntó qué quería el gringo, mota o coca.

—Las dos —dije.

Tomamos un taxi después de ver cómo se perdía el dealer en la suave brizna de la noche. Nos detuvimos en la Farmacia. Klimt bajó y tardó tanto que tuve que apearme para ver qué ocurría. Discutía por el precio de la bromocriptina, costaba seiscientos.

—Esto es un robo, en Colombia la conseguía a trescientos —me comentó después.

Se quedaba en un motel en la calle de Francisco Moya. Se pinchó dos veces. Pasaron unos minutos. Perdido, sin hacer nada. Primero sentado junto a un tocador, lo veía por el reflejo del espejo en una luz tenue. Tenía barba, pero el ambiente era más bien oscuro y sólo pude recrear una lóbrega imagen. Me preguntó si lo podía acompañar de nuevo. Fuimos y volvimos. Esta vez dijo que sí quería y señaló el baño. Entré. Vi la jeringa, algodón, una liga.

¿A qué estrato social pertenecían, yo incluido, estos personajes que en mi vida aparecían? ¿En qué país estaba? ¿No era esta tierra la casa primigenia de los demonios? Cuando salí, la noche seguía húmeda y la brizna suave, hacía frío.

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