Cuadros

Por Yolanda Natera de la Peña

En los momentos de ocio, me siento en la sala de mi casa, y contemplo los cuadros. Cada uno me recuerda algo. Al entrar, está un dibujo a lápiz de colores, multiplicidad de líneas curvas en tonos diversos, se unen y evocan caracoles, líneas que dan vueltas y vueltas para llegar a un punto negro, el fin del camino. Laberintos. Evocan algo que encierra y se fuga con el color. Hay un caracol con luces y sombras, erguido con su punta hacia arriba, evoca una erección, el eros necesario para sobrellevar la vida. Este dibujo es de Rafael Rodríguez Favela. Tengo varios cuadros de él, en sus diferentes épocas. 

Las primeras obras que le compré, hace tres décadas, eran líneas exactas, a lápiz, con amalgama de colores y ruptura con el realismo. Expresión de su ser. Una búsqueda de la perfección en las líneas y el dibujo, con las manos de Rafa, aquellas manos que eran su fuerza para moverse con muletas, debido a las secuelas de poliomielitis que tenía desde niño. Rafael, psicólogo y artista plástico, no ejerció como psicoterapeuta. Se dedicó a pintar y dar clases de pintura, entre otros trabajos necesarios. Dijo: “el psicoterapeuta intenta que una persona se introduzca en la realidad y el artista trata de sacarle de la realidad, con la imaginación”.

En sus primeras épocas fue el grabado, líneas oscuras y figuras que estrujaban y deprimían, al contemplarlas. Después buscó el color, quería que su vida y su obra tuvieran más color. En un principio le era difícil trabajar con colores vivos, eso decía él. Era frecuentado por amigos y amigas que disfrutábamos sus pláticas y teníamos aprecio por su obra plástica. Decía que sus amistades era lo mejor que tenía. Además de sus amores, que fueron varios, e intercambiaron compañía y placer. Las personas cercanas le dabamos alegría y color a su vida, entre ese trasfondo de soledad y desamparo que vivió.

Hay otros cuadros de Rafael sobre las paredes de mi casa.  Un pez, en el fondo del mar, su cuerpo curvado en un nado libre, colores fascinantes en el pez y el mar, la cara del pez con una mueca sonriente, irónica, burlona, la pura vida en el mar, miren que bien la paso, fluyendo con rapidez en el agua y ustedes caminando contra el viento y las circunstancias. En una época Rafa pintó peces y más peces, expresionistas, en acrílico y óleo, serie bien recibida por los compradores.

Disfrutó pintando aquel movimiento en el agua. Peces que evocan cambio y transformación (según los griegos), abundancia (según la repartición de los peces en la biblia), peces que fluyen sin obstáculos, ahí podía olvidarse de sus muletas. Además, disfrutaba comer pescado, gozaba la comida y bebida. En alguna fiesta con comilona sabrosa decía que quisiera tener un estómago más grande, para seguir comiendo. Era un hedonista, qué bien, hay que compensar los sufrimientos del cuerpo que te avienta el destino.

Otro cuadro me lo regaló para una fiesta de cumpleaños, es una mujer flotando en un universo de colores, el cabello al viento, en una mano alza una media luna, colores naranjas, contrastando con azules, expresionista, en acrílico intenso, movimiento continuo de esa mujer, la parte femenina de Rafa y de quiénes miramos el cuadro, la luna en la mano, como intuición y luz en la oscuridad, fuerza espiritual.  Todo significa algo. Este fue un regalo, los demás cuadros los compré en diferentes exposiciones. He disfrutado contemplar sus obras, su búsqueda del color entre la oscuridad del paisaje cotidiano.

Otros cuadros que poseo, son ángeles, de esa época paródica, lúdica, ángeles de diversos colores vivos, cuerpos gordos y sabrosos, juguetones, en color verde, azul, vino, naranja, rosa, el expresionismo en acrílico, evocando caricaturas, algunos bailan, otros platican moviendo sus manos, un ángel verde entrega una flor roja a un ángel lila, todos tiene alas blancas, son cachondos y entrañables, provocan sonrisas y risas. La parte andrógina que tenemos, que nos ayuda a sobrevivir en este mundo, ángeles de la guarda que, según dicen, nos cuidan. Rafa se carcajeaba pintando aquellos gordos con alas. Además, se vendieron todos, después hubo compradores que le solicitaban, pero él había terminado su época de seres alados.

Otro cuadro, de su última serie, es abstracto, un manchón amarillo, con algo de naranja, sobre fondo blanco, movimiento explosivo en esa forma, algunas figuritas lilas abajo, y unas líneas negras, en forma de cruz sobre el manchón amarillo. La cruz de la vida sobre el alegre amarillo. Pinche cruz, aunque en el cuadro su contraste es bello. Esta serie de abstractos, Rafa la pintó durante los meses de encierro por la pandemia Covid-19. En 2020 nos envió fotos de esas pinturas, a un grupo de amigos de whats. A mí me gusto éste que cité y lo compré. Era el mes de junio, plena pandemia, Rafael ofreció traer el cuadro a mi casa, en Lerdo. Vendría acompañado por Carolina, nuestra amiga que cocina delicioso y se dedica a la venta de comida. Ambos vendrían juntos, se quedarían a comer en casa. Encargué un mole verde a Carolina, comimos sabroso, acompañados de cervezas. La única reunión en esos meses. Fue la última vez que vi a Rafael. 

En septiembre le exigieron volver a su trabajo, en la Secretaría del Trabajo. Tenía más de setenta años y enfermedades de riesgo. Regresó al trabajo con gusto, pues además de pintar, se aburría aislado en casa. Disfrutaba el contacto con la gente, en una oficina ocupada por varios, y asesoraba a desempleados que acudían para encontrar trabajo. A fines de noviembre Rafael empezó con síntomas de Covid-19. Murió a principios de diciembre de 2020, con daño pulmonar severo, dos días después de ser internado en el Hospital General. Ahora disfruto contemplar sus cuadros, en mi casa. Y lloro al escribir este final.

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