Crónica de un nevado, frío y solitario año nuevo

Por Aida Sifuentes

El 2021 me sorprendió dormida. Ningún abrazo, cena glamurosa, y ni hablar del tradicional ritual de atragantarse con uvas mientras imaginas un universo donde sí eres puntual, administrada y sales de vacaciones a un destino paradisiaco. Podría decir que la víspera de año nuevo fue un día como cualquier otro, sólo que en este semidesierto no todos los días cae una nevada torrencial que te obliga a suspender actividades para pasar la mañana construyendo monos de nieve con alma de cono de precaución y ojos de tomate; y bebiendo café en pos de un mini calentador eléctrico. Así que la llegada del nuevo año sí tuvo algo de extraordinaria, aunque no fuera ese sentimiento de reset que nos ayuda a creer que algo diferente está a punto de ocurrir y que somos capaces de lograr cada cosa que nos propongamos, y todas esas chorradas que te gritan los coaches de vida en un seminario de tres mil quinientos pesos.

El 2021 me sorprendió en la mina. “Tener trabajo en esta época es una bendición”, suelen decir los adultos para auto convencerse con la idea que está bien sacrificarlo todo por un buen sueldo. Algunos lo señalan con un tono de voz tan seguro y firme que lo creemos sin más. Porque en medio de la pandemia, donde más de un millón de pymes han ido a la bancarrota, estar saturados de tareas y pendientes por entregar debería ser motivo de regocijo. Según mis recuerdos de Facebook, el 2014 fue declarado “el peor año de la historia”. Vaya sorpresa que nos tenía guardada el destino –o Dios o el universo o como prefieran llamarle. Bien vale recordar que, si todo tiempo pasado fue mejor, también significa que todo tiempo venidero será más terrible. Abandonad toda esperanza. Yo estoy aquí congelándome, pero es justo lo que debería estar haciendo y es lo que muchos de mis compañeros de generación quisieran. Sé feliz maldita malagradecida, o preferirías pasarla recibiendo asistencia social del gobierno mientras tus cinco hijos pasan hambre porque no tienes sustento suficiente, ehhh. Prohibido quejarse.

El 2021 me sorprendió sin notificaciones. Remontados en la sierra de Ocampo, no hay otro medio más que el internet satelital, que corre a velocidad de tortuga y le basta sentir tu respiración agitada para fallar. Como era de esperarse, la antena se congeló y dejó de funcionar. Para enviar algún mensaje, hay que salir a mitad de la calle, pararse sobre la nieve de 4 pulgadas de espesor mientras se te congelan los pies y el icono del wifi parpadea intentando buscar alguna red en el aire. Al fin lo consigues. Vibra con la marea de mensajes. Intentas leer unos cuantos. Respondes a prisa. Los dedos se entumen. El aire es helado. El mensaje no se va. No sabes qué cenará tu familia. O si tus amigas vieron tu sticker. El icono parpadea. Desaparece. No hay conexión. Está muy frío. Regresas a casa para luego intentarlo más tarde. Para postear alguna foto. Para que el mundo sepa que sigues con vida. Con esperanza. Para que tus amigas no te cancelen con el meme de “dejé de enviar mensajes para ver cuántos amigos de verdad tenía y descubrí que sólo dos”. Aferrarse a un teléfono con la idea de que a la gente que está del otro lado de la pantalla aún le importas y aún te piensa y aún te quiere, aunque nunca tengas tiempo para verla, o salir con ella, o escuchar sus problemas, porque tú misma no tienes tiempo para verte, o salirte o escucharte.

El 2021 me sorprendió en casa. Estoy a 506.4 kilómetros de mi hogar. Porque mi hogar está donde esté mi mamá, porque sólo creo tener derecho a vivir en el corazón de esa mujer. Todos los otros sitios son artificiales. Un inmueble no significa nada y los mismo da decir Saltillo, o Sabinas o Chihuahua si mi mamá no está ahí. Mi casa está en la mina porque acá paso la mayor parte del tiempo. En una pequeña habitación que tiene goteras y ese asunto es tan irónico porque aquí nosotros somos los encargados de resolver que las casas de las personas no tengan goteras, pero aun así no hemos tenido tiempo de arreglar la mía, y ahí hay una metáfora para un poema o un cuento o algo, pero aún no descubro qué historia es la que debería contar con la gota que cae día y noche y que me desquicia los nervios. Para no pensar en la gota, admiro este paisaje montañoso, pero todo es tan blanco que la luz te ciega. Es como el ensayo de Saramago: es la blancura la que no nos deja ver, no la obscuridad. Saco mi teléfono para retratar el paisaje y compartirlo en instagram, pero ninguna foto sale buena, porque cuatro años de comunicación sólo me sirvieron para hacer amigos hippies, pero jamás aprendí nada… o jamás tuve talento… o tal vez debe ser porque me tiemblan las manos con el frío y el cubrebocas me empaña los lentes… Sí… Debe ser por el clima.

El 2021 me sorprendió con mi familia. No está ni mi mamá ni mi hermana. Pero sí estos hombres que a veces son mis compañeros de trabajo a quien hay que supervisar para que usen su EPP y lleguen a tiempo y no hagan cochinero; y a veces son mis hijos a quienes hay que llevar al servicio médico si se enferman o pedirles lonche si llegarán tarde; a veces son mis hermanos con quien armo la reyerta por haberse comido mis boneless del refri, y a veces son mi esposo que se gastó toda la raya pisteando y a quien hay que prestarle 100 pesos para completar la semana y hacer flaquito el guardadito con tal que todo marche como de costumbre. Pero siempre son mi familia y tenerlos me hace feliz. Aunque haya pandemia. Y no podamos abrazarnos. Y cancelaran las reuniones. Y estemos solos el Borris y yo comiendo en una cocinita a la que se le cuela el invierno, con un pino pequeñito que brilla para mantener la atmósfera festiva. Y los demás en su casa. Cada quién en su casa, en esta mina, pensando en su soledad. En la borrachera. En la prueba de alcoholímetro al día siguiente. En el año que viene. En que acaba nuestro proyecto y quien sabe por cuánto tiempo más estemos juntos aquí. Y pienso en que tal vez sea este el último año en que vea tanta nieve junta. O tal vez no, cómo podría saberlo. Sólo sé que tengo frío y sueño. Son las once de la noche y me voy a dormir.

2021, sorpréndeme.

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