Cosas no dichas, mas que en secreto

Por Luis Arce

Ya ni siquiera forman parte de mi memoria, y sin embargo están vivos. De aquellos recuerdos borré, en primer lugar, todas las fotos de una persona que siempre fue parte de mi pasado, pero que había encontrado una manera de colarse en el presente. Borré también unas cuantas calles cuyo sonido puedo escuchar tan sólo al mirar la foto: un bar a los lejos, el ladrido de los perros nocturnos, la calma de los grillos, una lámpara descompuesta que alumbra con nerviosismo caminos empedrados; borré los videos que tomé de la carretera, los árboles tan altos, tan silenciosos, tan húmedos, rodeados por una espesa neblina que apenas permitía distinguir el trazado de la autopista, íbamos despacio, en todos los videos parece estar lloviendo.

Ya caducos, borré varios memes completamente descargados del contexto que alguna vez los hizo graciosos; comprobantes de pagos realizados a un banco con el cual había adquirido una deuda; amigos que por ciertos meses fueron cercanos, pero ahora no son más que un recuerdo inconcluso, o peor, una cuenta de Instagram que sigo únicamente por consideración, o peor, una cuenta de Twitter. No borré una fotografía de mi padre, de pie, junto a su auto, el tercer auto que había tenido, una caribe blanca; la fotografía existe en el plano real, mi madre la conserva en un álbum, y al no querer quitársela, capturé una imagen de la misma con mi teléfono. No borré –ni pensarlo– las fotografías junto a mi hermano cuando éramos pequeños, en todas salimos riéndonos, sentados en algún sillón sucio de juegos. En cada imagen parece que estamos a punto de hacer algo de lo que nos arrepentiremos después, algo por lo cual van a regañarnos, algo inútil, algo sólo posible en la torpeza maravillosa de la infancia. Ya no recuerdo la última vez que reí junto a mi hermano. Ahora casi no compartimos nada, a no ser que tengamos algún asunto familiar por resolver o que un tío se muera. Supongo que no borrar esos archivos es también una forma de mantener su imagen con vida. ¿Negación? No, necedad. Un disparate que me enternece el corazón y lo mantiene latiendo despacio.

Seguí escroleando en mi teléfono, aparecieron más fotos que sí podían borrarse: viajes en autobús, en avión, en casa. Los recuerdos tienen mucho más orden en el teléfono que en mi cabeza, se agolpan poco a poco como bloques movidos por una maquinaria pesada. Un buen amigo abrazando a una exnovia y luego el registro de una mesa que poco a poco iba acumulando latas vacías de cerveza en un departamento cada vez más sucio. No recuerdo si ayudamos a limpiar el departamento a la mañana siguiente, pero es poco probable. No recuerdo, tampoco, por qué aún no me decidía a borrar estas imágenes. Hoy son casi nada. Las fotos de mi exnovia siguen apareciendo como un bloque perfectamente ordenado de información, una película. De pronto me encuentro con que he seleccionado más de treinta fotografías, todas protagonizadas por la misma persona. Parece que nos quisimos mucho, aunque nuestra relación estuvo protagonizada por cientos de fallas: engaños, desequilibrios emocionales, mentiras casuales y no tanto, uno que otro ataque de ansiedad y demasiadas peleas.

Envidio la facilidad del teléfono para olvidar cosas. A veces pienso que sería maravilloso poder seleccionar y descartar a conciencia los recuerdos que no necesitamos más. Pero enseguida la idea me aterra, pues es cierto que también estamos hechos de aquello que no podemos borrar. Puede que incluso esas memorias sean todo lo que tenemos: nuestra incapacidad de borrar nos define, nos recorta, nos edita. Imposible escapar de aquello que no podemos ver con claridad, agolpado ahí, al fondo de la memoria, siempre en las sombras, como sabiendo que tarde o temprano uno se acerca a ese rincón de su cabeza y lo encuentra plagado de ratones. La memoria asusta, la memoria define, la memoria es el rincón más oscuro de la cabeza. ¿Qué clase de seres humanos encontraríamos si todos llevan consigo sólo aquello que decidieron llevar?

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