Caramanchel

Por Yader Velásquez

Llamé a Miriam y acordamos vernos esa misma noche. Después de tomar algunas cervezas en uno de los bares de zona hippos —un sitio repleto de tipos de pelo largo y camisetas negras que coreaban cada cierto tiempo alguna canción de heavy metal— tomamos un taxi y nos dirigimos al Caramanchel. Atravesamos la pista hasta encontrar un pequeño hueco entre la barra y los urinarios. Un grupo de extranjeras conversaban a nuestro lado con dos tipos en shorts y camisas playeras. Algunas parejas, incluyendo dos o tres del mismo sexo, bailaban entre las mesas plásticas del patio. Dos tipos compartían cocaína en las gradas de la cocina. No encontré señales de Itza por ningún lado.

En los parlantes sonaba una canción de Carlos Vives. Una especie de vallenato que había escuchado muchas veces desde mi infancia, pero cuyo nombre había olvidado, una historia sobre la rivalidad entre dos músicos que me hizo pensar en un cuento de Conrad. Miriam movía las caderas al ritmo de la música, con su pelo castaño y crespo cayendo sobre los hombros. Ella me tomó del brazo y me arrastró hacia la pista de baile. Nos abrimos paso entre los demás cuerpos hasta encontrar un sitio entre un grupo de turistas. Un hombre calvo y solitario nos observaba desde la distancia, sus dedos repletos de anillos sosteniendo un vaso de plástico. El estruendo de los parlantes hacía vibrar las paredes de tabla —cubiertas de papel periódico y anuncios de bebidas—, las cajas de cervezas apiladas a un extremo y las luces opacas del salón. Me acerqué a Miriam y la besé mientras acercaba mi pelvis a su entrepierna. Sentí el roce de sus brazos aferrarse a mi espalda, sus labios delgados y fríos recorriendo mi cuello. La canción terminó y dio lugar a una cumbia del Gran Silencio. De pronto, como si la atmósfera del lugar hubiera cambiado, las personas a nuestro alrededor empezaron a agitarse con mayor soltura, como si una especie de impulso irreconocible les atravesara el cuerpo. Miriam en cambio, se dio la vuelta y apretó sus nalgas contra mi cintura, tomó mis manos y las arrastró sobre la superficie de sus muslos, firmes y redondos, como los de una nadadora.

Por alguna razón pensé en Itza y en lo mucho que me hubiera gustado verla en aquel sitio, fingir un encuentro casual y distante, mostrarme ante ella con Miriam tomada de la mano. De alguna manera su ausencia me inquietaba. La imaginé de fiesta con sus amigas, de viaje en la playa con algún desconocido, desnuda y borracha en la cama de otro tipo. ¿Pensaría en mí de la misma forma en la que yo pensaba en ella en compañía de Miriam?

Después de varias canciones —Manu Chao, Los Prisioneros, Calle 13—, Miriam dijo que necesitaba descansar. La vi alejarse entre la multitud en búsqueda del baño al otro extremo del salón. Caminé en medio de un grupo de hippies y me coloqué en la fila de la barra. Consideré entonces mis posibilidades. Tomaríamos un taxi de madrugada y regresaría junto a Miriam a mi apartamento. Cogeríamos borrachos y por instinto en la habitación oscura, hasta que alguno de nosotros cayera exhausto en medio de las sábanas. Al día siguiente sería el primero en despertar —cediendo y con dolor de cabeza— y vería a Miriam a mi lado, justo en el mismo sitio que solía ocupar Itza. Entonces desearía quedarme solo, sentarme en el piso de la terraza a observar las copas de los árboles y los techos oxidados del vecindario. Leería, quizás, algunos poemas de Pavese para reconfortarme y darme ánimo, antes de limpiar la pieza y preparar la comida. Despertar junto a Miriam solo podría fastidiarme, servir de distracción entre mi soledad y mi mundo, entre la tristeza que cargaba desde hacía semanas —después de que Itza sacara el resto de su ropa de mi apartamento— y las posibilidades de un domingo de ocio, dedicado a la lectura y a ver películas.

Al llegar a la barra el tipo calvo y ojeroso se acercó a mi lado. En los parlantes reconocí una canción de los Fabulosos Cadillacs: Matador, reutilizada desde hacía algunos años por un boxeador fracasado.

—Tenés una cara muy bonita —dijo el calvo.

—Dos cervezas y un vaso con agua —le ordené al cantinero.

—¿Cómo te llamás?, ¿te puedo invitar a un trago?

—Muchas gracias amigo, espero que tengas suerte esta noche —respondí. El cantinero volvió con las botellas y di la vuelta. Sentí un poco de pena por aquel hombre, desesperado y ansioso a un lado de la barra.

Miriam me esperaba a un lado de la pista. Le alcancé una de las botellas y ella se inclinó para besarme la cara. Caramba, pensé, ¿por qué desperdiciaba mi vida de esa manera? Supe entonces que todo era una farsa, una mentira llevada hasta las últimas consecuencias. Deseé estar en mi casa en aquel momento, solo y sin presiones detrás de mi computadora, escribiendo, traduciendo los documentos de Carlsen que había abandonado desde hacía un mes. Aunque estuviera destinado al fracaso, aunque aquella obsesión no me dejara nada bueno. ¿Qué más podía hacer? Maldita sea.

—¿Nos vamos después de esta cerveza?

—No lo sé, creo que no iré a ningún lado —respondí.

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