Bruno

Por Karla Evelia Gasca

Debí morir cuando era niña y caí de cabeza en un tambo lleno con agua de lluvia. El accidente ocurrió cuando tenía cuatro años. Mi abuela era aficionada a la jardinería y amaba llenarse las manos de tierra. Dedicó buena parte de su vida adulta en convertir el jardín frente a su casa en un vivero. En realidad ese jardín no era de su propiedad ni de la familia, pero eso nunca le importó. Sabía que cuando los dueños llegaran a reclamarlo ya no estaría viva y no tendría que soportar la angustia de ver sus rosales aplastados bajo una excavadora. Tita, como la llamábamos de cariño, dejaba grandes tambos de plástico a la intemperie para recolectar el agua de la lluvia y regar los arbustos del fondo, ahí donde la manguera no alcanzaba a llegar y las plantas trepadoras crecían hasta cubrir los muros. 

Un día salí a explorar sola y encontré una pequeña pelota flotando sobre la superficie del agua dentro de uno de esos enormes tambos. Al intentar alcanzarla caí de cabeza hasta tocar el fondo, poniendo fin a la serenidad de un grupo de renacuajos a media transformación. Los recuerdo claramente porque nunca antes había visto renacuajos y me parecieron espectaculares. Algunos ya tenían patas, pero mantenían una larga cola con la que se impulsaban para huir. Al no encontrar un lugar para esconderse dentro de su estrecho ecosistema artificial, revoloteaban alrededor de mi cabeza y se enredaban en mi cabello. Parecían tan espantados con mi presencia como yo con la de ellos. Un vecino avisó del accidente. Observó que unos pies sobresalían del tambo y corrió a buscar a mi abuela que en ese momento se encontraba barriendo la calle. Cuando Tita me encontró yo estaba en las mismas condiciones que esos ratones silvestres que atrapaba y tiraba a una cubeta con agua hasta que se cansaban de nadar. Tita jaló mis piernas y con un solo movimiento puso fin a la danza de los renacuajos. Aún tengo presente esa extraña sensación de adormecimiento y liviandad de cuando estuve a punto de extinguirme. Por un momento creí que yo también me estaba transformando, que abandonaba mi cuerpo para convertirme en burbuja o en anfibio.

Mamá no entiende por qué me siento culpable de estar viva, pero yo tampoco la entiendo a ella. No entiendo por qué disfruta tanto de contar tragedias familiares a la hora del desayuno. Le encanta narrar historias dramáticas de cada uno de los integrantes de la familia mientras sirve el café. Me cuenta quién ha quedado fuera, quién necesita ser compensado, quién necesita ser llorado, quién necesita ser visto y quién clama por venganza, como Bruno. El sentimiento de culpa me vino cuando conocí su historia, cuando me habló de su muerte y me mostró la fotografía de un niño pecoso de grandes dientes y orejas puntiagudas. Desde entonces no he dejado de pensar en los sueños de Bruno colgando como un móvil por encima de su cama vacía, congelados a causa de una muerte prematura. Mamá dice que a un niño se le perdona cualquier cosa, excepto morir. Esa frase es un preludio, abre los ojos como platos, da un sorbo al café y me cuenta una vez más la historia de Bruno.

Era sábado, día caluroso, la ropa se te pegaba a la piel, aunque las ventanas estuvieran abiertas y los ventiladores prendidos en la máxima potencia. Mis hermanos, mis primos y yo jugábamos a las escondidas. En ese entonces, Tita vestía con faldas ceñidas y blusas escotadas, era muy relajada, fumaba unos cigarros que olían horrible y nos dejaba correr y escondernos por toda la casa. Yo contaba mientras que los otros niños corrían. Tu tío Mauricio siempre se reía; dejaba escapar carcajadas entrecortadas como hipo que terminaban por delatarlo. Creí que conocía todos los escondites de la casa, todos los recovecos que utilizábamos para ocultarnos. Busqué en cada uno pero no logré encontrar a Bruno. Pensamos que estaba alargando el juego a propósito porque era el único en no ser descubierto todavía y podía salvarlos a todos si tocaba la base, pero pasó más de una hora y nos aburrimos. Busqué a Tita y le dije que Bruno había desaparecido y ella a su vez alertó al resto de los adultos que veían la televisión o fumaban en la cochera. Los mayores se unieron al juego del escondite sin sospecharlo, lanzando amenazas y agachándose más de lo que sus rodillas les permitían para ver debajo de las camas o dentro de la alacena por tercera o cuarta vez. Mi tía Carmen convenció al resto de mis tíos de que Bruno se había escabullido por la cocina hasta llegar a la puerta y que había salido a la Calle donde algún robachicos se lo había llevado. Entonces Tita llamó a la policía.

Mamá continúa con la historia y la adereza con algunos detalles: la casa era grande para un niño, pero no lo era tanto para un adulto. Tenía dos plantas, tres habitaciones, una pequeña biblioteca que hacía las veces de sala de televisión, un comedor que sólo se utilizaba en navidad y otro pequeño junto a la cocina, en donde se comía a diario; una sala de estar para recibir a las visitas, una cochera al frente con espacio para dos autos medianos, un jardín trasero y un patio de servicio.

En ese momento el vivero no existía y en su lugar había un terreno desnudo que se abarcaba fácilmente con la mirada. Uno de los policías examinó concienzudamente el patio de servicio que Tita había convertido en un cementerio de electrodomésticos en desuso. Ahí había, entre otras cosas, un refrigerador antiguo. El policía removió algunas pilas de periódicos y abrió el viejo refrigerador, encontrando el escondite de Bruno. La puerta del armatoste era pesada y sólo se podía abrir por fuera jalando con fuerza de una manija cubierta de herrumbre. Nunca entendieron cómo hizo Bruno para que la puerta cediera. El policía lo tomó en brazos e intentó reanimarlo sin éxito. Los paramédicos que llegaron poco después informaron a Tita y al resto de los adultos que Bruno había muerto asfixiado.

La tragedia se apoderó de cada uno de los miembros de la familia como un contagio. La ambulancia y la patrulla que habían llegado a casa de Tita llamaron la atención de los vecinos que se arremolinaron frente a la casa. Un reportero de nota roja llegó justo cuando sacaban a Bruno en una camilla, envuelto en una sábana blanca, y tomó fotografías del momento en el que uno de sus brazos caía inerte, dejando a la vista una pequeña mano con las uñas amoratadas. Mamá guarda ese recorte del periódico en el álbum familiar junto a una foto de estudio en donde Bruno sonríe presumiendo sus dientes de leche.

La culpa también se extendió infectándolo todo. Los tíos de mamá guardaban silencio; sabían que el accidente podía haberle sucedido a cualquiera de sus hijos. La tía Esther, madre de Bruno, se encargó de hacerlos sentir verdaderamente miserables, en especial a Tita y a mamá por no haber dado con el escondite a tiempo. “Ya tendrás a tus hijos y sabrás lo que es el dolor”, escupió la tía Esther durante el velorio como si lanzara una maldición a mamá. 

Bruno no es de esos espectros que mueven las cosas de un lugar a otro o hacen ruido por la noche, él prefiere aparecer en sueños. En cuanto cierro los ojos, dispuesta a dormir, se manifiesta. Dice que está muy aburrido, que no es cierto que hay nubes, arcoíris ni luces brillantes ahí donde está. Dice que no hay nada y me pide jugar con él. No me puedo negar. Lo dejo contar y corro al patio de Tita, abro el refrigerador con mucho esfuerzo y me meto dentro, donde no se escucha nada más que mi respiración.

Comienzo a reír porque he encontrado el mejor escondite del mundo, recargo mi cabeza contra la pared del refri y espero. Después de un rato se me adormecen las manos y comienzo a sudar. El calor se vuelve insoportable. Intento abrir la puerta pero no puedo. Empujo con toda mí fuerza, pero no abre. Grito, pero el sonido parece encerrado ahí conmigo. Comienzo a llorar. Golpeo las paredes con las manos, con los puños, pateo la puerta, me viene un mareo y me desvanezco. Cuando abro los ojos estoy de vuelta en mi cama con el corazón latiendo en la garganta.

A lo lejos escucho una grabación. Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan. Me levanto y camino hacia la cochera. No hay nada que desee más que deshacerme del viejo refrigerador que mamá mandó a arreglar con la esperanza de mantener frescos sus recuerdos de la infancia. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *