Aroma a Electrones

Por José Gerardo Martínez Tovar

Ese cuarto tenía un aroma a electrónica vieja, a ese olor que solo distinguimos aquellos que alcanzamos a comprar equipos en RadioShack The Technology Store. Al abrir el paquete de esos equipos, walkie-talkies, radios de onda corta, comunicadores de banda civil y, por supuesto, equipos de música, todos ellos despedían un aroma muy característico, como a electrones, si es que se pueden oler los electrones. En el cuarto había aparatos electrónicos viejos, todos ellos electrónica musical.

Había, por ejemplo, un reproductor de ocho tracks que era un antiguo formato para escuchar música, lo suficientemente portátil como para instalar algunos modelos en los automóviles y perderte con tu música. Dicen que podías llevar a tu novia a parajes lejanos y privados y encenderla con canciones de los Carpenters, Donny Osmond o Bobby Sherman. La marca de ese equipo era Pioneer, “Pionero”. Que buenos nombres les ponían a las cosas en el inicio de la era tecnológica, allá por finales de los cincuentas y principios de los sesentas. También los grupos musicales de aquella época tenían nombres geniales: “La Mermelada”, “Las Piedras Rodantes”, “La Nave Espacial de Jefferson”, “Las Puertas”, “La Experiencia de Jimmi Hendrix”, “Los Hermanos Mayores de Janis Joplin”, pero dicen que el mejor de todos eran “Los Escarabajos”. En el cuarto había algunos cartuchos que contenían las cintas magnéticas que podían reproducirse en esos equipos de ocho tracks, eran como listones en dos tonos de café. Por un lado, café claro y, por el otro, café oscuro. Muy difíciles de tocar y exageradamente delicadas, tanto que se rompían a la menor tensión y además sonaban raro. Un poco opaco diría yo.

Junto al ocho track estaba otro igualito, Pioneer portátil, con carátula de reloj, modelo KP500, tocacintas, pero de otro formato, “cassettes”. Encontré muchos casetes, algunos con impresión de música comercial y otros que venían en marcas, no de música ni de grupos, sino de los mismos casetes, Ampex, Memorex, TDK, con códigos C60, C90 y hasta uno C120. Me parece que esos números correspondían a los minutos que soportaban de audio, una hora, hora y media y hasta dos horas. Aunque delicados, los casetes eran mucho más aguantadores que los ocho tracks y además las personas podían grabar en ellos, hacer sus propias playlists de música descargada de la radio, de ser posible de estaciones de frecuencia modulada que se escuchaban mejor. Por ello los casetes sustituyeron en poco tiempo a los ocho tracks para su uso en equipos de música portátil y fueron el estándar de reproductor musical en los autos hasta bien entrados los noventas.

Junto a la caja de casetes encontré un grabador reproductor marca Hitachi que se veía tan bien conservado, tan profesional, que hasta parecía hecho de metales preciosos. Oro en los dorados, plata en los grises, negro azabache en sus componentes móviles y selectores de tipos de cintas, normal, CrO2 y metal. Quiero pensar que esos selectores se referían al material con que estaban hechas las cintas y que buscaban una mejor calidad de sonido. Se dice que las metálicas eran las buenas, pero tenían fama de dañar las cabezas de los reproductores que no estaban preparados para ellas. Jamás lo sabré con certeza.

También estaban unas tornamesas como las que usan los DJs pero mucho más simples. Encendí una y para mi sorpresa funcionó. Con selector de velocidad en 78, 45 y 33 un tercio RPM, revoluciones por minuto, muy lentas para los estándares informáticos en los que, hasta un disco duro de computador antiguo, giran a más de 5 mil RPM. Esas tornamesas también contaban con una aguja que era la interfase entre el medio que contenía la música y la posibilidad de escucharla. El medio que contenía la música eran los discos de vinilo. Se parecen a los actuales que usan los DiscJockeys, pero no iguales, mucho más delgados y delicados. Si los tratabas con rudeza, se “rayaban” y seguían reproduciendo el mismo segmento una y otra vez Her name was Lola, she was a show girl show girl show girl show girl, hasta que alguien llegaba manualmente a brincar la aguja de la pista dañada y lograr así que siguiera la música. Las pistas de esos discos eran como surcos que, de alguna manera misteriosa, al ser tocados por la aguja y enviados a un amplificador se convertían en música.

Me propuse armar al menos un equipo completo a ver si lo hacía funcionar. La tornamesa Technics conectada a un preamplificador Philips, un amplificador Marantz y un ecualizador Kenwood. No entendía bien para lo que servía un ecualizador, pero se veía muy bien con todos esos controles y números, además de que encajaba perfectamente bien en el sistema que estaba armando con cables y conectores muy similares y compatibles entre unos y otros equipos. Por supuesto que tuve que conectar unas bocinas. Las que encontré eran de marca Bose 901 de pedestal tamaño gigante que estaban por ahí. Ya instalado todo y conectado a un buen regulador de voltaje Koblenz que se prende con un pedal estaba listo el sistema de audio vintage. Ubiqué el ropero donde se encontraban todos los discos de vinilo y traté de reproducir uno que conociera. No pude reconocer a ninguno de los artistas de las portadas así que escogí uno al azar, una ópera, Tommy, de una banda que se hacía llamar los “Quién”. Al sacarlo de su envoltura vi que eran dos discos, un álbum doble. Puse el disco 1 con la primera pista llamada “Overture”. De las óperas que había escuchado antes, siempre la obertura, la “apertura”, el inicio de la obra era una de las partes más escuchables, antes de que los tenores, barítonos y sopranos se pusieran a hacer conversaciones musicales ininteligibles, tanto por sus tonos en extremo agudos o graves, como porque generalmente cantaban en italiano, alemán o hasta latín.

Ahí vamos entonces, preamplificador, ecualizador, amplificador, tornamesa conectada a tierra para eliminar el ruido por interferencia eléctrica, bocinas y regulador de voltaje. Prendo todo y selecciono la velocidad de tornamesa a 33 un tercio y dejo caer la aguja en la “Overture” de Tommy por los Quién. A volumen medio, nada de riesgos de que todo vaya a explotar, ya que cada uno de estos equipos tiene al menos medio siglo de existencia y unos 40 años de que nadie los encendiera.

Inicio la música, suena un ruido raro, de baja intensidad, rasposo, el scratch de la aguja sobre el vinilo. Para mi sorpresa todo funciona, pero lo que más me sorprendió fue la ópera. Nada que ver con las que había escuchado antes, sonaba excelente. Era una música que jamás imaginé que alguien pudiera escribir y menos escuchar en ese equipo tan complicado y a la vez tan estético. Sus componentes hacían que se apreciara no solo la música sino la belleza de su estructura. Los equipos actuales son tan sencillos, compactos y tan plug and play que un solo dispositivo funciona apenas lo sacas de su caja, y hace las veces de todo lo que acabo de instalar y que me costó un fin de semana de trabajo en desempolve y pruebas.

Al final la recompensa, música excelente, sonido vibrante y la memoria del abuelo que, jubilado y fallecido hace años, pasaba sus días enteros en ese cuarto aislado, escuchando música y leyendo en libros físicos, nada de libros digitales, autoexiliado de un mundo que lo había rebasado y atrapado en una época que se resistía dejar. Ahora lo entiendo.

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