Abrigos en rebaja

Por Karla Evelia Gasca

Tenía seis años cuando me escondí dentro del exhibidor para ropa de una tienda departamental del que colgaban abrigos tan largos que tocaban el piso. Mamá se dio cuenta de mi ausencia casi de inmediato, pero papá estaba muy ocupado viendo los relojes caros. Escuché que me llamaban; repetían mi nombre una y otra vez como si se tratara de un conjuro y yo solo apretaba la palma de la mano contra mi boca para ahogar una carcajada que amenazaba con escapar. Después de varios minutos el tono de voz de mi mamá cambió, temblaba como la campanita en el cuello de un gato y papá amenazó con castigarme. Escuché el ir y venir de pasos sobre la duela, el repiqueteo de los tacones altos de las vendedoras, los sollozos de mamá, las preguntas del guardia de seguridad y las explicaciones de papá. Lo intenté, pero me fue imposible salir de mi escondite. No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Las luces de la tienda se han apagado y prendido miles de veces.

Esta mañana sentí que al fin podía salir de mi escondite. Separé los abrigos con cuidado, estiré la cabeza y me levanté. Me sorprendí de lo alta que soy. Al verme, una señora soltó un grito desgarrador y me hizo gritar a mí también. Mi cuerpo entumecido apenas responde. Mis piernas no recuerdan cómo caminar, así que me arrastro por el piso. Mi cabello enredado es ahora tan largo como los abrigos en rebaja. Mi sudadera con estampado del Rey León hace las veces de corpiño y el pantalón hecho trizas, apenas y se sujeta alrededor del pubis. Uno de los espejos que descansan sobre las columnas de la tienda me regresó una mirada de niña. Ya no recuerdo los rostros de papá y de mamá, pero los tengo que encontrar; les voy a pedir perdón por mi travesura.

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