A Clockwork Orange Revisited

José Pulido

Me parece que la vi por primera vez cuando recién entré a la preparatoria. Primero: la música. Un retumbar violento. Sintetizadores. Henry Purcell por Wendy Carlos. El anuncio de algo tremendo que está por suceder. De inmediato: un fondo rojo. Vivo. Letras sobre la pantalla. Warner Bros. Kinney Company Presents. Un fondo azul. A Stanley Kubrick Production. El rojo otra vez. Un título: A Clockwork Orange. La fuerza de los sintetizadores in crecendo, e intempestivamente: la primera escena. Close-up. Malcolm McDowell como Alex DeLarge. El ojo derecho delineando, enmarcado por unas enormes pestañas negras. El bombín y la sonrisa maliciosa. El vaivén de su pecho. Dolly Out. Alex DeLarge toma un vaso de leche-plus. El contraste entre el fondo negro, el blanco de la ropa y el blanco de la leche dotan de profundidad a la escena. A su lado Dim y Georgie, sus drugos, están sentados, miran a ninguna parte. Su rostro está dominado por el efecto de la droga. La cámara sigue retrocediendo. El Korova Milk Bar. Han consumido Moloko Vellocet. Maniquíes blancos de mujeres desnudas como mesas. Maniquiés blancos de mujeres desnudas con pelucas y prominente vello púbico decoran el lugar. El plano se sigue expandiendo. Hay otras personas sentadas. Están imbuidas en su propio viaje. No nos interesan. No son meros adornos. La Marcha para el Funeral de la Reina María en los synths de Wendy Carlos lo hacen todo más majestuoso, oscuro y decadente. Aparece también Pete, con una boina, reclinado en el asiento. Voz en off / Alex: “There was me, that is Alex, and my three droogs, that is Pete, Georgie, and Dim, and we sat in the Korova Milkbar trying to make up our rassoodocks what to do with the evening. The Korova milk bar sold milk-plus, milk plus vellocet or synthemesc or drencrom, which is what we were drinking. This would sharpen you up and make you ready for a bit of the old ultraviolence”. La música estalla.

Es suficiente para mí. Comprendí que me encontraba frente algo distinto. Las siguientes escenas de la película me impresionaron. El Tratamiento Ludovico. La violación. La escultura del pene bamboleante. Pero, sobre todo, cada vez que pienso en La Naranja Mecánica, la música de Wendy Carlos, el intro, me regresan aquella tarde cuando, sentado en mi casa con un vaso de leche y un sobre de galletas Príncipe, me dispuse a ver la película por primera vez a escondidas de mi madre. Había muchas peleas en casa. Y mucho de lo que existía afuera nos estaba vedado. Luego de verla, recuerdo que quería patearlo todo. La escuela comenzó a parecerme algo muy cercano al tratamiento ludovico. Quería tener mi propia banda de drugos, aunque apenas y consumía marihuana (muy ocasionalmente). Mis compañeros hablaban de futbol y autos. Tapizaban sus libretas con jugadores, mujeres en traje de baño y la carrocería deportiva de moda. Yo tenía un cuaderno con una la imagen inicial de la película pegada y todos pensaban que era un poco raro. Pero no me importaba.

Muchos años después, logré ver la cinta en la Cineteca de la Ciudad de México. No miento cuando digo que, al momento de escuchar los sintetizadores y el rojo intenso apareció en la pantalla, comencé a llorar. Terminó la proyección. Salí del cine. Todo alrededor me parecía ajeno. Llegué a mi casa. Me preparé para dormir. Ya en mi cama cerré los ojos.  Podía escuchar la música de la película. Era una experiencia más cercana al trance que a la iluminación, otra forma de volver a ese lugar, de escapar del mundo, y restituir todo de nuevo.

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